Baja California: Hogar de un gigante

Por Paula Tagle
30 de Marzo de 2014

El calamar de Humboldt habita principalmente en esta corriente del océano.

“Carlos siente que hay un ente que lo observa, que se acerca, prende entonces la linterna. Es un calamar de Humboldt, sí, de los que tienen fama de atacar pescadores, matar personas. Pero con la luz se espanta y retira”.

Estoy en Baja California, 2014, un nuevo año para caminar sus desiertos, deslumbrarme con amaneceres de flashes verdes, antes de salir el sol, e igualmente verdes al ponerse. Otra vez admiro sus costas deshabitadas y simplemente hermosas, de rocas de millones de años y diversos orígenes, que hay granitos, toba, esquistos, toda la gama de posibilidades geológicas.

Pero una vez más me encuentro con la gente que hace de este lugar una fuente inagotable de aprendizaje, los naturalistas. Cada uno con su propio estilo y saber, me lleva de la mano por la historia natural de este lugar único en el mundo.

Carlos Navarro Serment, bioquímico especializado en biología marina, fotógrafo y autor de varias publicaciones, tiene mucho que compartir. El conoce Baja California no solamente por estudiar en los libros; durante 26 años ha sido su hogar, tanto la tierra como el mar. Podría pasar horas maravillada ante las historias de Carlos, que con su hablar pausado y didáctico, narra experiencias que parecen salidas de un libro de Julio Verne. Sin ningún alarde me cuenta un encuentro con calamares gigantes.

Una noche sin luna, a cincuenta millas de Santa Rosalía, en medio del mar de Cortés, Carlos buceaba a 15 metros de profundidad, y bajo él, otros 3.000 de océano insondable. Apaga la luz de su linterna para maravillarse de las criaturas que en la noche ascienden a la superficie.

Son animales que producen su propia luz, para comunicarse, para cazar, para alertar o confundir a sus presas, y así, miles de formas caprichosas, pintadas de colores iridiscentes lo rodean en la oscuridad absoluta de las profundidades y la noche. Carlos siente que hay un ente que lo observa, que se acerca, prende entonces la linterna. Es un calamar de Humboldt, sí, de los que tienen fama de atacar pescadores, matar personas. Pero con la luz se espanta y retira. Otra vez apaga la linterna, descubre una nueva presencia, la enciende; en esta ocasión es un tiburón martillo que le da vueltas.

La vuelve a apagar para gozar de las siluetas, muchas de ellas nunca antes descritas, para darse cuenta eventualmente que él era el centro de una especie de dona gigante creada por centenas de calamares de Humboldt, formando una pared casi sólida de criaturas que lo observan, que potencialmente podían convertirlo en su presa. Pero así como llegaron, se fueron, y Carlos volvió a la superficie para una vez arriba, disfrutar de las estrellas, de un cielo claro antes de tormenta. Porque al día siguiente llegaría un “torito”, que es como llaman en Baja California a las tempestades repentinas y violentas. A duras penas lograría navegar en el pequeño bote de pesca de regreso a las costas de la península. Carlos recuerda la noche de los calamares gigantes como una de las mejores de su vida; la guarda en la memoria, porque lastimosamente no alcanzó a tomar ninguna fotografía.

Y no sería este su único encuentro con calamares gigantes. Los ha observado en múltiples ocasiones, maravillándose de su inteligencia, de su accionar en grupo, porque aparentemente son cazadores cooperativos.

De amigos que han compartido sus buceos, Carlos relata otras anécdotas que lo prueban. Un calamar frente al buzo, produciendo una línea ondulante negra, para distraer a la presa, mientras los otros atacaban por detrás envolviendo sus tentáculos en las piernas. Y claro, estas prácticas de fotografiar y estudiar calamares se realizan con equipo y protección especial, de no ya no tendríamos gente como Carlos para compartir sus historias.

nalutagle@yahoo.com

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