Memorias del carnaval porteño

03 de Febrero de 2013
Jorge Martillo Monserrate

Recuerdos de un festejo cuyas costumbres han variado con el pasar del tiempo, pero el juego con agua siempre ha estado presente.

Nuestro carnaval es carne y agua. Sabiamente, la Iglesia después de esos días de desenfreno, ubicó el Miércoles de Ceniza dedicado al arrepentimiento. Así todo queda en santa paz, porque no puede existir arrepentimiento sin culpa, ni perdón sin pecado.

Etimológicamente carnaval proviene del latín carnevale que significa carne adiós, en clara alusión al libertinaje de esos días. Nuestros historiadores y cronistas cuentan que el carnaval de antes olía a agua de colonia y que al contrario de ahora, muy pocos habitantes salían de la ciudad. Escasas familias viajaban a los balnearios de entonces: Puná, El Morro o Posorja. La mayoría disfrutaba del local y limpio estero Salado.

En cada barriada popular, el festejo se iniciaba con la elección de la Reina del Carnaval. La primera tarea de la soberana era conformar su corte para confeccionar un monigote del tamaño de un hombre. Se lo vestía con un terno de género fino, camisa blanca, corbata roja, guantes blancos y botines de charol. Él era el desaparecido Príncipe Carnaval.

Los carnavales de fines del siglo XIX y comienzos del pasado eran fiestas populares en que toda la población se divertía. Como los días para esa fecha, ayer y hoy son calurosos, pobres y ricos jugaban con agua. Pero como aún no existían los globitos, ni los chisguetes y ni la espuma de los espray, los proyectiles eran cascarones de huevo o de cera.

Al acercarse el carnaval, los panaderos reunían cascarones de huevos para venderlos al por mayor porque los jugadores llenaban esas cáscaras con agua mezclada con colonia o colorida anilina. Otro tipo de proyectil carnavalero era elaborado con cera en forma de limones, naranjas, chirimoyas o románticos corazones. Esos eran los proyectiles con los que jugaban los pelucones de entonces. Los de escasos recursos, simplemente llenaban un mate con agua para lanzar con generosidad.

Las familias que no gustaban de jugar con agua empleaban unos pequeños cilindros de cartón provistos de un resorte que al distenderse esparcían una colorida mixtura de papel picado.

Escenas del carnaval de antes

En esos días, luego de una mañana y tarde de juego, en barriadas, salas y patios de vecindad comenzaba el baile que terminaba en comilona.

El historiador Jorge Villacrés Moscoso en su artículo El carnaval de los abuelos, refiere que la fiesta del Dios Momo era una oportunidad para que muchos pretendientes “de damitas pudieran tener contactos más directos que en el resto del año porque las hijas de familia eran muy controladas, no solo por parte de sus padres, sino incluso de sus hermanos, que no permitían que cualquier pretendiente se parara frente al balcón de su hermana ni en la esquina”.

Rodolfo Pérez Pimentel, en El Ecuador profundo, cuenta que la bebida popular del carnaval guayaquileño era la chicha de maduro, conocida como chicha de champán. Aunque otros bebían vinos, mistelas y licores finos.

“Numerosos caballeros salían en grupos a las calles y viendo chicas hermosas en las ventanas les pedían permiso para subir, esquivando el balde de agua que ellas les tiraban –narra Pérez Pimentel-. Una vez dentro, todo era jolgorio y guerra de cascarones de huevos llenados con agua de colonia o con anilinas de colores y luego cerrados con cera caliente. Entonces se iniciaba el baile al son de alguna vitrola, pianola o simplemente un piano, que nunca faltaban los artistas del teclado que se prestaban a animar al grupo”.

En esas épocas, el lunes y el martes de carnaval no eran feriados como ahora. El lunes se trabajaba normalmente, aunque por la noche se jugaba discretamente. Pero el martes nada ni nadie detenía el juego frenético. En cada esquina de barrio se llenaba un barril con agua y en esa inmensa y profana pila –o en una poza– era bautizado todo aquel que aparecía.

Al final de la tarde se llevaba a cabo el cortejo del Príncipe Carnaval. Los muchachos cargaban en hombros al monigote. La Reina iba atrás con su corte. Una banda de músicos populares animaba el suceso. El cortejo recorría las calles de la barriada. La música alegre se mezclaba con los falsos y destemplados lamentos de la Reina. La muchachada aprovechaba la ocasión para ir jugando con agua. Cuando encontraban un solar baldío, la Reina procedía a despojarlo de su elegante vestimenta. Entonces el Príncipe Carnaval quedaba abandonado en pura armazón. El cortejo retornaba a la barriada donde la intensidad de la fiesta disminuía.

En plena noche, antes de la llegada del Miércoles de Ceniza, no era raro escuchar a un grupo de bohemios todavía cantar: “El mundo todo es máscaras;/ todo el año es carnaval”.

Numerosos caballeros salían en grupos a las calles y viendo chicas hermosas en las ventanas les pedían permiso para subir, esquivando el balde de agua que ellas les tiraban”.
Rodolfo Pérez P.,
Historiador

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