Granito de voluntades

03 de Junio de 2012
Moisés Pinchevsky

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Las playas del mundo están sembradas de plásticos, como si fueran minas que los bañistas están acostumbrados a esquivar. Un ambicioso proyecto quiere limpiarlas.

No lo saben, pero pequeños como los hermanos Freddy y Joffre Rocafuerte, de 11 y 7 años, son eslabones sonrientes en una ambiciosa cadena de acciones. Su papel es simple: hacer lo que más les gusta. Esto es surfear en el océano susurrante de su nativa Curía, comuna costera con 90 familias al norte del poblado de Montañita.

“Lo más emocionante es pararme en la tabla. Porque para hacerlo me caí antes cien veces”, dice el mayor, que aprendió a hacerlo en un campamento de surf impulsado por este proyecto.

“Surfear una ola es como volar”, confiesa el menor, quien al igual que su hermano suele correr al océano recién llegado de la escuela, para lo cual solo debe cubrir los 200 metros que separan su vivienda de la espuma en la orilla.

“Suele decirse que los mayores debemos entregarles un mundo mejor a los niños. Pero el surf puede ayudarnos a darle mejores niños al mundo.  El amor al océano los motiva”, Andrés Fernández (38 años)

Esa acción es sin duda el juego más alegre que anima sus pequeños corazones, y detona otra emoción también importante: su amor al mar. Tal sentimiento apunta a convertirlos en los voluntarios más valiosos de una noble cruzada que, con aspiraciones globales, espera crecer como un tsunami para multiplicar las manos que ayuden a limpiar el océano y las playas de desechos plásticos.

Esta ola recién comienza y nació de un clavado imprevisto que sumergió a su mentalizador en los problemas del mar. Nuestros problemas.

El llanto turquesa

Hace tres años, el guayaquileño Andrés Fernández, seis veces campeón nacional de surf, encontró en Montañita algo más que una buena ola y corrientes de adrenalina. Él flotaba con su tabla sobre el océano que acaricia ese poblado costero de la provincia de Santa Elena, cuando al avanzar por un naciente tubo de agua su tabla realizó una maniobra inesperada, casi insólita, que lo clavó de nariz en el profundo reino de Neptuno.

No es que su tabla cobrara vida. Andrés observó inmediatamente que el percance había ocurrido porque las quillas de su tabla, que ayudan a dirigirla, estaban enredadas en una funda de plástico.

“Entonces se me ocurrió hacer un ejercicio. Decidí recoger el plástico que encontrara en esa sesión de surf, que suele durar entre dos o tres horas, pero en solo 20 minutos ya tenía los bolsillos y las manos llenas de ese material, por lo que regresé a la costa para botarlo a la basura”, indica.

Ese momento fue revelador para Andrés, como si el océano le hubiera confesado un secreto íntimo que mereciera alguna acción de su parte. Un secreto que le hizo recordar sus años de niñez, cuando desde los 5 años de edad ya se lanzaba al agua cerca de la casa vacacional de su abuelo en Salinas, deslizándose en las olas con una pequeña tabla de madera y dejando sus huellas en la arena tapizada con conchillas. “Ahora encuentro conchillas y plástico”, se lamenta.

Crisis de todos

El problema del plástico en el océano es global. Para poner una cifra, Estados Unidos desecha cada segundo  unas 1.000 botellas de ese material, lo cual significa que desde el momento en que usted comenzó a leer este artículo, unas 140 mil de esas botellas terminaron su vida útil en esa nación.

Las botellas se suman a otras formas de plástico, como fundas, tapas, sorbetes y vasos, cuyo consumo mundial por año pesaría unos 200 mil millones de libras, de las cuales el 10% termina en el océano, según la web good.is. De esa cantidad, el 70% llega a hundirse, mientras el 30% queda flotando en la superficie, conformando el 90% de la basura que “navega” por los mares, incluso formando grandes islas de desechos acumulados por acción de las corrientes.

La principal se asoma en el océano Pacífico, entre Estados Unidos y China, con un tamaño unas tres veces mayor que Ecuador.

Andrés Fernández es como cualquier ser humano cuyo espíritu forastero halló un territorio acorde con su noción de felicidad. Ese territorio es el mar. “El océano me ha dado todo. Ahora quiero darle algo a cambio, ayudando a recoger el plástico que lo está enfermando”, señala desde la oficina 201 en el segundo piso del edificio Samborondón Plaza.

Lo acompaña su socio, Óscar Chávez, con quien desde hace un año opera –en este espacio de 6 metros por 10 metros de paredes blancas y decoración minimalista– la empresa GoBlue, dedicada a diseñar y ejecutar proyectos de interés social.

Andrés es el creativo, el soñador, “el lado derecho del cerebro” de esta sociedad, indica, mientras califica a su socio como el “lado izquierdo”, el del pensamiento racional, el investigador que ha leído todos los libros y revistas científicas de esta oficina para, también ayudado por internet, reunir el conocimiento que los ha dirigido para cincelar las bases de sus ideas.

 

Olas de alegría

Los visito en una mañana nublada de miércoles para conversar sobre su primer proyecto –su gran proyecto–: Granito de Arena, cuyo espíritu nació tras esa anécdota de Andrés con sus quillas enredadas en plástico, en que se dio cuenta de lo enfermo que se encuentra el océano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En ese entonces, hace tres años, ya trabajaban juntos medio tiempo, reuniéndose cuando se desocupaban de sus trabajos como director creativo de una agencia de publicidad (Andrés) y como gerente administrativo de un call center (Óscar). “Nos reuníamos desde las 19:00 para diseñar tres proyectos sociales para las playas, que comenzamos a impulsar gracias a que conseguimos el auspicio de la embotelladora Tesalia”, comenta Óscar, quien es surfista aficionado.

Uno era la construcción de torres de salvavidas, otro la enseñanza del surf a los niños de las comunas costeras y finalmente promover mingas para recoger desechos de las playas.

Pero poco a poco tales proyectos comenzaron a girar en torno a la problemática del plástico. Y esa transformación tuvo otro momento decisivo tras un campamento surfista con los niños de Engabao, hace dos años y medio. “La misión era solo enseñarles a surfear para que disfruten del mar, para que sean más felices, pero pocos días después pasamos por el aula de esos niños, que aún no llegaban a clases”, cuenta Andrés.

En aquella visita, ambos amigos dialogaban con la maestra sobre la experiencia con los niños, cuando uno a uno los pequeños comenzaban a llenar los pupitres. “Ya había como veinte niños cuando me di cuenta de que todos se quedaban mirando a Andrés. Allí me le acerqué para decirle en voz baja: ‘Tienes que decirles algo’”, recuerda Óscar.

El momento fue revelador. Los pequeños y noveles surfistas lucían muy interesados en las palabras de su instructor, aquel hombre que les había enseñado a ponerse de pie sobre una tabla que navega las olas. “Los niños de las comunas costeras escuchan a los surfistas, nos ven como celebridades”, indica Andrés, quien en esa oportunidad les habló de lo valioso que resulta defender los sueños, tal como él lo hizo cuando de adolescente le decían que la práctica del surf no lo llevaría a ninguna parte.

Embajadores del océano

Andrés Fernández y Óscar Chávez habían descubierto el poder de comunicarse con los niños de las comunas costeras, lo cual suponía también haber descubierto el poder de sumarlos como aliados voluntarios en un proyecto que seguía tomando forma.

Lo llamaron Granito de Arena, porque consideraron que esa metáfora “playera” transmite el valor de las pequeñas contribuciones para los grandes propósitos. Su meta: concienciar sobre el plástico de las playas a través del surf.

El primer campamento infantil de surf con esa marca tuvo lugar en febrero del 2010, aprovechando la visita de los surfistas Gary Saavedra (Panamá), Otto Flores (Puerto Rico), Magnum Martínez (Venezuela) y Martín Passeri (Argentina), famosos en sus países, y amigos de Andrés que llegaron a Montañita para participar en un torneo de ese deporte.

Después del campeonato se quedaron para servir como instructores de unos 150 niños de las comunas cercanas, la mayoría de los cuales se pararon en la tabla por primera vez en sus vidas. El siguiente paso fue brindarles una charla para transmitirles un mayor amor al océano, esa cancha de diversión infinita que estaban redescubriendo a través del surf.

Posteriormente, los motivaron a realizar una minga de limpieza para recoger el plástico salpicado en la arena, como una manera de poner en práctica ese romance con el mar, para finalmente enseñarles a emplear ese material para elaborar “inventos”, como maceteros, mosquiteros, sillas, focos, muros, muebles e incluso camas.

Las matemáticas llenan de potencial esta iniciativa: una vivienda podría emplear hasta 2.000 botellas plásticas en ese tipo de artículos, por lo que si en una comuna hay 100 casas con esa visión, se estarían reutilizando 200 mil botellas de plástico, que habrían sido separadas de las playas y el océano. Y si esa acción se replicara en la mayor cantidad de poblados costeros en el mundo, los números podrían dispararse con el estruendo de una ola.

Otro juego de números para los futuros campamentos de surf: la participación de cada niño sería gratuita, pero pagarían al entregar a los organizadores 20 botellas de plástico recogidas de la arena o el océano (auténtico dinero “plástico”). Es decir que trabajando con 20 niños en un día se sacarían 400 botellas de las playas y el mar.

El puertorriqueño Otto Flores da su opinión a través de un correo electrónico: “Interactuar con los niños fue muy motivador para todos. El mensaje es sencillo: si todos ponemos nuestro granito, el alcance es universal”.  Él, al igual que sus compañeros, planea implementar la idea en su país.

El panameño Gary Saavedra también escribió: “Para mí fue increíble poder ver a estos niños tan felices; uno que ha viajado a muchos lugares durante tantos años, pero no se compara con esta felicidad que vivimos esos días y la satisfacción de que estás creando un presente”, indica este surfista que también participó en el surf camp que organizaron en febrero anterior en el poblado de Curía, con unos treinta niños locales, en el cual por primera vez implementaron la fórmula completa debido al menor número de pequeños, por lo que se considera la experiencia piloto.

Su mayor juego

Los hermanos Freddy y Joffre Rocafuerte, que iniciaron esta historia, fueron parte de esos campamentos de surf. Los conocí al visitar la comuna Curía el sábado de la semana anterior, en el último feriado, junto con otros cuatro niños que participaron en esa iniciativa. Sus pieles trigueñas acompañaron sus sonrisas cuando les preguntaba si les gustaba el surf. “Sí”, respondieron casi susurrando.

El padre de  los niños Rocafuerte, don Inocencio, confirma que ahora es casi un vicio. “Pasan todas las tardes en el agua”, dice. “Es su mayor juego”, agrega Álex Suárez, surfista nativo de 22 años que ayuda a organizar a los pequeños de esta comunidad.

¿Qué es lo más divertido? “Pararse sobre la tabla”. ¿Qué es lo más difícil? “Pararse sobre la tabla”, contestan los infantes conteniendo la risa y mirándose unos a otros.

Realizan más confesiones: se sienten motivados a recoger la basura que encuentran en la playa, pero aún ninguno cuenta en sus casas con los inventos que aprendieron a realizar. “Es un proceso que lleva tiempo”, me explicaría después Óscar.

Este proceso se iniciaría oficialmente este viernes 8 de junio, Día Mundial del Océano, en que Andrés y Óscar pondrán en internet la página web de esta iniciativa.

El sitio web contaría con toda la información necesaria para multiplicar las acciones, porque de eso se trata el concepto ambientalista blue (azul), que inspira este proyecto. “Una propuesta green (verde) cubre estrictamente al grupo involucrado. Son mis manos las que trabajan. Una propuesta blue es decirle a la gente ‘no puedo hacerlo solo, así que trabajemos todos. Aquí está la idea’”, me explicaba Andrés entre aquellas paredes blancas.

Su propósito es ambicioso, como los de aquellos caballeros medievales que debían cumplir hazañas por orden de sus reyes. ¿De dónde nació la orden? Quizás de ese secreto íntimo que el océano de Montañita le confesó a Andrés tres años atrás. O quizás no fue un secreto, sino un mensaje masivo que el planeta nos grita en cada oportunidad.
La diferencia está en que Andrés Fernández supo escuchar. Y actuó como respuesta.

“El día en que veamos el dinero solo como un recurso y no como el principal objetivo, le estaremos dando paso a las verdaderas ideas”, Óscar Chávez (34 años)

El demo de Granito de Arena

Informes:
www.granitodearena.com.ec
@granitoecuador

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