Edad y calidad de las cosas

Por Gonzalo Peltzer
09 de Julio de 2017

Enterado de que había por lo menos un par de ediciones en castellano de La première gorgée de bière et autres plaisirs minuscules, de Philippe Delerm (El primer trago de cerveza y otros placeres minúsculos se llama en castellano), lo encontré en una librería de Buenos Aires. Figuraba un ejemplar en el inventario, pero el libro no aparecía hasta que se le ocurrió al librero buscarlo en la sección de cocina, entre chefs mediáticos y recetas nucleares; seguro que tiene La ruta del dinero K en la sección viajes… Hace años solo había un libro de cocina, el de doña Petrona, y compartía estante junto a la Biblia y El Quijote de la Mancha.

Junto al primer sorbo de cerveza, Delerm menciona las sobras del domingo a la noche, cuando nadie quiere cocinar y la depre se instala en las casas. ¿Hay algo más sublime que terminarse los restos del fin de semana acompañados con un poco de vino que quedó en el fondo de una botella? Entre los placeres minúsculos, Delerm describe 34, uno mejor que otro y ninguno puramente animal. No se trata de sexo ni de la satisfacción de necesidades básicas como saciar el hambre o la sed: esos no tienen nada de minúsculos… Andar por una carretera desierta de noche; caminar con un paquete de bollos calentitos el domingo a la mañana o descubrimientos inesperados como encontrar en el bolsillo de un saco algo que ya dábamos por perdido.

Lo de la cerveza me hace acordar de un inglés que trabajaba para la Shell y jugaba al golf en Posadas. En el bar pedía la que le diera mayor cantidad por menos precio y sostenía que no había otro criterio. Todos pensábamos que lo que buscaba era la mayor cantidad de alcohol por menos dinero. Es que en esto de beber cerveza, o vino o lo que sea, el mundo también se divide en dos clases de personas: los que buscan cantidad sin importar la calidad y los que prefieren disfrutar de la calidad aunque sea en menor cantidad (entre otras cosas porque es más caro).

No hay ningún problema entre los partidarios de la cantidad y los de la calidad… hasta que se juntan. Entonces se abre la caja de las tempestades. Pasa que cuando se cuela un partidario de la calidad en el club de la cantidad, la reunión termina mal porque tarde o temprano la conversación cae en la cuneta y empieza a tratarlos de amarretes, roñosos, tacaños, mugrientos y borrachines de cuarta. Y cuando es al revés arde Troya porque el partidario de la cantidad se toma hasta el agua de los floreros sin importarle el gusto, el paladar, las redondeces, los taninos y, sobre todo, el precio de cada botella.

No sé si es por la billetera, por la edad o por la cultura que a medida que crecemos preferimos menor cantidad de cosas mejores que más cantidad de cosas peores. “A nuestra edad la belleza es la juventud”, decía un hombre sabio y ya mayor en Guayaquil. También debe ser consecuencia de la madurez –cuando vamos cayendo en la cuenta de que el tiempo es escaso– lo que nos hace pensar que solo vale la pena leer libros buenos, visitar lo que ya conocemos y tomar whisky de doce años. Y ya se ve que no hay mal que por bien no venga. (O)

gonzalopeltzer@gmail.com

  Deja tu comentario