Zambullida en la infancia: Un corazón de plomo

Por Paulo Coelho
24 de Marzo de 2013

“Dicen que Dios es generoso con los que aman, y que por eso siempre les da la oportunidad de estar juntos”.

Hans Christian Andersen (1805-1875) fue el escritor danés que con sus historias enriqueció la infancia de muchas generaciones. Su madre fue quien lo animó a escribir sus fábulas y a organizar pequeños espectáculos de marionetas.

No hay mayor homenaje a Andersen que el de compartir con mis lectores su cuento El soldadito de plomo. (Versión resumida).

“Érase una vez veinticinco soldados de plomo, todos hermanos, como esquejes sacados de una misma planta. Cada uno de ellos cargaba su fusil, y todos iban vestidos con sus flamantes uniformes, de rojo y azul. Las primeras palabras que el pequeño batallón escuchó vinieron de los labios de un niño: “¡Soldados, soldados!”.

El chico manifestaba su alegría ante su regalo de cumpleaños. Los componentes de este ejército eran exactamente iguales, con la excepción de un solado, que tenía solo una pierna, pero se equilibraba tan bien, que el niño decidió guardarlo.

Sobre la mesa había otros juguetes, siendo el más atractivo de todos un encantador castillo de cartón, en el que una bailarina también de papel extendía sus delicados brazos al cielo. Su paso era tan bello, se alzaba tanto en el aire, que el soldado imaginó que a ella también le faltaba una pierna.

–Sería la esposa ideal para mí– pensó. Pero vive en un palacio.

Decidió esconder su amor, y pasarse el resto de la vida apenas contemplándola.

Cada noche, cuando las personas de la casa se iban a dormir, llegaba la hora en que los muñecos jugaban y se divertían visitándose unos a otros, realizando batallas o dando bailes. Los soldados de plomo se aburrían en su caja, pero habían sido educados para tener disciplina y educación.

Cierto día, la sirvienta vio que había un soldado sin pierna, y lo tiró por la ventana. Unos niños que pasaban vieron el muñeco roto y lo pusieron en un barco de papel, que fue navegando por la cuneta hasta las alcantarillas, que a su vez acabaron llevándolo hasta un río.

Allí, un pez se tragó al soldado, pero él continuaba impávido, con su fusil al hombro, y soñando con los días felices que había pasado junto a su amor.

El pez acabó siendo pescado y vendido a la misma casa en la que, un día, un niño recibiera veinticinco soldaditos de regalo. La misma sirvienta que lo había tirado por la ventana lo encontró en el vientre del pescado, y en esta ocasión lo arrojó al fuego.

Antes de caer en las llamas, él pudo ver, por última vez, a los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa, y el hermoso castillo con la linda bailarina.

Y vio, en los ojos de la bailarina, una lágrima de cartón, ella también lo había extrañado.

Poco a poco, rodeado por las llamas, empezó a derretirse. A medida que sus ropas perdían los colores, él procuraba mantener su porte marcial, con los ojos fijos en aquella a quien jurara amor eterno. Los dos se contemplaban, tristes por estar lejos, y contentos por la oportunidad de encontrarse una vez más. No se sabe cómo, pero una corriente de aire atravesó la sala y arrancó de su lugar a la pequeña bailarina, que voló como un hada y también fue a caer entre las llamas.

Dicen que Dios es generoso con los que aman, y que por eso siempre les da la oportunidad de estar juntos.

Al día siguiente, cuando la sirvienta retiraba las cenizas, reparó en un pequeño corazón hecho de plomo que tenía en el centro una lentejuela que –ella lo sabía– pertenecía a otro juguete que estaba en la mesa de los niños”.

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