Música de la capilla: Momentos mágicos

Por Paulo Coelho
18 de Septiembre de 2016

“En la voz de la chica, en la luz de la mañana que lo inundaba todo, una vez más comprendí que la grandeza de Dios siempre se muestra a través de las cosas simples”.

El día de mi cumpleaños recibí un regalo muy especial. En medio de un bosque cercano a la ciudad de Azereix (Francia), hay una pequeña colina cubierta de árboles. Con 40 grados centígrados, uno no tiene muchas ganas de caminar. Sin embargo, le dije a mi mujer:

—Una vez, después de haberte dejado en el aeropuerto, di un paseo por este bosque y encontré un camino. ¿Te gustaría verlo?

Christina divisa una mancha blanca y pregunta qué es:

—Una pequeña ermita.

Le digo que el camino pasa por allí, pero la única vez que pasé estaba cerrada. Habituados como estamos a las montañas y los campos, sabemos que Dios está en todas partes, y no es necesario entrar en una construcción hecha por el hombre para poder encontrarlo. Muchas veces, durante nuestras largas caminatas, rezamos en silencio, escuchando la voz de la naturaleza y entendiendo que el mundo invisible siempre se manifiesta en el mundo visible. Después de media hora de subida, la ermita aparece en mitad y surgen las preguntas: ¿quién la construyó?, ¿por qué?, ¿a qué santo está dedicada?

A medida que nos acercamos, oímos una música y una voz que parece llenar de alegría el aire. “La otra vez que estuve aquí no estaban estos altavoces”, me digo, extrañado ante el hecho de que alguien ponga música para atraer a los visitantes en un camino pocas veces recorrido. Pero al contrario de lo que ocurrió en mi caminata anterior, la puerta está abierta. Entramos, y parece que estamos en otro mundo: la capilla iluminada por la luz de la mañana, una imagen de la Inmaculada Concepción en el altar, tres hileras de bancos, y, en un rincón, en una suerte de éxtasis, una joven tocando el violín y cantando, con los ojos fijos en la imagen delante de ella.

Enciendo las tres velas que acostumbro llevar cuando entro por primera vez a una iglesia (por mí, mis amigos y lectores, y por mi trabajo). Enseguida miro hacia atrás: la chica ha notado nuestra presencia, sonríe y sigue tocando.

Desciende entonces desde los cielos sobre nosotros la sensación de estar en el Paraíso. Como si pudiera entender lo que está sucediendo en mi corazón, combina música y silencio, y de vez en cuando levanta una plegaria.

Y me doy cuenta de que estoy viviendo un momento inolvidable en mi vida, algo de lo que solemos darnos cuenta cuando el momento mágico ya ha pasado. Estoy allí por entero, sin pasado, sin futuro, viviendo solo esa mañana, esa música, esa dulzura, esa plegaria inesperada. Entro en una especie de adoración, de éxtasis, de gratitud por estar vivo. Después de muchas lágrimas y de lo que me parece una eternidad, la chica hace una pausa, y mi mujer y yo nos levantamos, le damos las gracias, y yo le digo que me gustaría enviarle un regalo por haberme llenado de paz el alma. Ella dice que acude a ese lugar todas las mañanas y que esa es su manera de rezar. Yo insisto en el regalo, y ella, tras dudar, me da la dirección de un convento.

Al día siguiente le envío uno de mis libros, y al cabo de poco tiempo recibo su respuesta, en la que me comenta que aquel día salió de allí con el alma inundada de alegría porque la pareja que había entrado participó de la adoración y el milagro de la vida.

En la sencillez de aquella capilla, en la voz de la chica, en la luz de la mañana que lo inundaba todo, una vez más comprendí que la grandeza de Dios siempre se muestra a través de las cosas simples. Si alguno de mis lectores pasa algún día por la pequeña ciudad de Azereix y ve una ermita en mitad del bosque, que camine hasta ella. Si es por la mañana, allí habrá una joven alabando la Creación con su música. (O)

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