La grandeza de Dios: A través de cosas simples

Por Paulo Coelho
15 de Diciembre de 2013

“Y yo me doy cuenta de que estoy viviendo un momento inolvidable en mi vida, algo de lo que solemos darnos cuenta cuando el momento mágico ya ha pasado. Estoy allí por entero, sin pasado, sin futuro, viviendo solo...”.

En medio de un bosque cercano a la ciudad de Azereix, en el suroeste de Francia, hay una pequeña colina cubierta de árboles. Con una temperatura que roza los 40 grados centígrados, en un verano con casi 5.000 muertos en los hospitales a causa del calor, viendo los campos de maíz ya completamente destruidos por la sequía, uno no tiene muchas ganas de caminar. Sin embargo, le digo a mi mujer: Después de haberte dejado en el aeropuerto, di un paseo por este bosque y encontré un camino muy bonito. ¿Quieres verlo?

Christina divisa una mancha blanca a través del follaje. ¿Qué es?

-Una pequeña ermita.

Le digo que el camino pasa por allí, pero la única vez que pasé por allí estaba cerrada. Habituados como estamos a las montañas y los campos, sabemos que Dios está en todas partes, y no es necesario entrar en una construcción hecha por el hombre para poder encontrarlo. Muchas veces, durante nuestras largas caminatas, rezamos en silencio, escuchando la voz de la naturaleza y entendiendo que el mundo invisible siempre se manifiesta en el mundo visible. Después de media hora de subida, la ermita aparece en mitad del bosque y surgen las preguntas de siempre: ¿quién la construyó? ¿A qué santo o santa está dedicada?

Y a medida que nos acercamos, oímos una música y una voz que parece llenar de alegría el aire que nos rodea. “La otra vez que estuve aquí no estaban estos altavoces”, me digo, extrañado ante el hecho de que alguien pusiera música para atraer a los visitantes en un camino pocas veces recorrido.

Pero al contrario de lo que ocurrió en mi caminata anterior, la puerta está abierta. Entramos, y parece que estamos en otro mundo: la capilla iluminada por la luz de la mañana, una imagen de la Inmaculada Concepción en el altar, tres hileras de bancos, y, en un rincón, en una suerte de éxtasis, una joven de aproximadamente 20 años de edad, tocando el violín y cantando, con los ojos fijos en la imagen delante de ella.

Enciendo las tres velas que acostumbro a encender cuando entro por primera vez en una iglesia (por mí, por mis amigos y lectores, y por mi trabajo). Enseguida miro hacia atrás: la chica ha notado nuestra presencia, sonríe y sigue tocando.

Desciende entonces desde los cielos sobre nosotros la sensación de estar en el paraíso. Como si pudiera entender lo que está sucediendo en mi corazón, ella combina música y silencio, y de vez en cuando levanta una plegaria.

Y yo me doy cuenta de que estoy viviendo un momento inolvidable en mi vida, algo de lo que solemos darnos cuenta cuando el momento mágico ya ha pasado. Estoy allí por entero, sin pasado, sin futuro, viviendo solo esa mañana, esa música, esa dulzura, esa plegaria inesperada. Entro en una especie de adoración, de éxtasis, de gratitud por estar vivo. Después de muchas lágrimas y de lo que me parece una eternidad, la chica hace una pausa, y mi mujer y yo nos levantamos, le damos las gracias, y yo le digo que me gustaría enviarle un regalo por haberme llenado de paz el alma. Ella dice que acude a ese lugar todas las mañanas y que esa es su manera de rezar. Yo insisto en el regalo, y ella, tras dudar, me da la dirección de un convento.

Al día siguiente le envío uno de mis libros, y al cabo de poco tiempo recibo su respuesta, en la que me comenta que aquel día salió de allí con el alma inundada de alegría porque la pareja que había entrado participó de la adoración y el milagro de la vida.

En la sencillez de aquella capilla, en la voz de la chica, en la luz de la mañana que lo inundaba todo, una vez más comprendí que la grandeza de Dios siempre se muestra a través de las cosas simples.

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