De la soledad absoluta: Y el sentido de la vida

Por Paulo Coelho
23 de Octubre de 2016

“Porque cuando uno está solo (y no hablo de la soledad que escogemos, sino de la que aceptamos resignados) es como si dejase de formar parte de la raza humana”.

La noche es particularmente agradable, las calles de Ginebra están desiertas; los bares y restaurantes, llenos de vida; todo parece absolutamente tranquilo, en orden, hermoso, y de repente... Y de repente me doy cuenta de que estoy absolutamente solo. Sé que ya he estado solo muchas veces este año. Sé que, en algún lugar, a dos horas de vuelo, me espera mi mujer. Y sé que, después de un día tan agitado como el de hoy, no hay nada mejor que pasear por las callejuelas y los rincones del casco antiguo de Ginebra, sin tener que hablar de nada con nadie, contemplando sin más la belleza a mi alrededor. Solo que esta noche, por alguna razón que desconozco, este sentimiento de soledad es extraordinariamente oprimente, angustioso; no tengo con quién compartir la ciudad, el paseo, los comentarios que me gustaría hacer.

Por supuesto, tengo un celular y un número considerable de amigos en esta ciudad, pero es ya muy tarde para llamarlos. Considero la posibilidad de entrar en algún bar y tomar una copa. Con casi total seguridad, alguien me reconocerá y me invitará a sentarme a su mesa. Pero también es importante llegar al fondo de este vacío, de esta sensación de que a nadie le importa si uno existe o deja de existir. Sigo mi camino.

Veo una fuente y recuerdo que estuve allí el año pasado, con una pintora rusa que acababa de ilustrar un texto mío que había escrito para Amnistía Internacional. Cada uno estaba sumido en sus pensamientos, pero los dos sabíamos que, aunque distantes el uno del otro, no estábamos solos.

Camino un poco más. Miro al otro lado de la calle, hay una ventana medio abierta y a través de ella veo en el interior a una familia hablando. La sensación de soledad aumenta, imparable; el paseo nocturno es ahora un viaje noche adentro, en el que busco el significado de sentirse completamente solo.

Empiezo a imaginar cuántos millones de personas, por más ricas o encantadoras que sean, se sienten absolutamente inútiles y miserables, porque también están solas en esta noche, como lo estuvieron ayer, y como posiblemente lo estarán mañana.

Recuerdo un comentario sobre alguien que acababa de divorciarse: “ahora tengo la libertad con que siempre soñé”. Es mentira; nadie quiere ese tipo de libertad, todos queremos un compromiso, una persona que esté a nuestro lado viendo las bellezas de un sitio, hablando de la vida, o simplemente compartiendo un bocadillo. Mejor comer una mitad que comer uno entero y no tener con quien compartir, aunque sea un poco de comida. Es mejor pasar hambre que estar solo. Porque cuando uno está solo (y no hablo de la soledad que escogemos, sino de la que aceptamos resignados) es como si dejase de formar parte de la raza humana.

Comienzo a caminar hacia el hotel. Dentro de un rato estaré durmiendo, y mañana esta extraña sensación que, no sé por qué, me ha arrebatado, será solo un recuerdo remoto y extraño, pues no tengo motivos para afirmar que estoy solo.

Camino de vuelta, me cruzo con otras personas solitarias; tienen dos tipos de miradas: arrogantes (porque quieren fingir que escogieron la soledad en esta linda noche) o tristes (porque consideran que no hay nada peor en la vida). Se me ocurre que podría hablar con ellas, pero sé que se avergüenzan de su propia soledad. Tal vez sea mejor dejar que lleguen al límite y se den cuenta de que hay que ser osado, hablar con desconocidos, descubrir lugares donde conocer gente y evitar ir a casa a ver la tele o leer un libro. De otra manera, se perderá el sentido de la vida, la soledad se habrá convertido en un vicio, y el largo camino de vuelta en dirección al ser humano se habrá perdido para siempre. (O)

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