En México asesinatos reducen información delincuencial

05 de Agosto de 2012
Randal C. Archibold, Xalapa, México / The New York Times.

Los reporteros informan con frecuencia solo la versión oficial de los crímenes. Directores editoriales han informado a funcionarios del gobierno mexicano que son presionados por los delincuentes.

Bajando su corpulenta humanidad hacia el suelo, el fotoperiodista Alberto Morales oprimía el obturador, mientras agentes de policía y soldados con blindaje corporal gritaban por radio, elevaban sus rifles y asumían una posición agazapada al ser informados de la entrada de algún vehículo sospechoso.

Más adelante en esa calle, tres personas sentadas dentro de un automóvil habían sido asesinadas a balazos, al tiempo que su sangriento final atrajo a Morales, de la revista Multigráfica, a salir esta noche con la esperanza de esa fotografía perfecta. No tenía mucha competencia.

“Apenas hace un mes, habría habido 15 reporteros aquí”, dijo, levantándose del pavimento y tomando unas cuantas imágenes más. “Pero ahora, solo fuimos nosotros”, refiriéndose a un par de otros periodistas.

Víctor Báez, desde hace tiempo atrás confiable reportero de la sección policial, seguramente habría estado ahí, como reportero de su sitio web ampliamente seguido, al estilo de los tabloides, Reporteros Policiacos y corresponsal de Milenio, diario de circulación nacional.

Sin embargo, su asesinato la semana pasada, en esta capital de un estado lleno de cerros, Veracruz, donde la violencia de las drogas ha estallado a lo largo del último año, ahuyentó a muchos de sus colegas. Ha sembrado confusión y temor con respecto a si tiene importancia cualquier precaución.

Durante varios años, México ha sido uno de los países más peligrosos en el mundo para los periodistas, con 45 asesinados o desaparecidos desde 2007, con base en un conteo. Sin embargo, se considera que el estado de Veracruz es el tramo más peligroso de todos para reportar las noticias. La violencia aquí se ha disparado fuera de cualquier medida, con al menos nueve periodistas asesinados en el último año y medio.

Veracruz, con importantes rutas de drogas y migrantes a través de todo el estado, aunado a un dinámico puerto en el Golfo de México conocido por el tráfico de contrabando, ha estallado hasta convertirse en un campo de batalla, a medida que dos de los grupos más poderosos de la delincuencia organizada, los Zetas y el cartel de Sinaloa, luchan por el dominio. Los reporteros informan con frecuencia cada vez mayor solo la versión oficial de los crímenes, si informan al respecto, en tanto directores editoriales les han dicho a funcionarios del gobierno que son presionados por delincuentes para informar –o no informar– sobre ciertos episodios.

“Quizá el efecto más devastador de esta ola de violencia sin precedente es el hecho de que la gente de Veracruz está siendo privada de información vital sobre uno de los temas que, obviamente, está teniendo un efecto muy serio en las vidas de las personas, lo cual es el nivel de violencia, el número de asesinatos”, dijo Carlos Lauria, quien vigila a América Latina por el Comité de Protección a Periodistas.

La autocensura, agregó, “tiene un impacto directo sobre la calidad de la democracia”.

Al tiempo que otros periodistas han bajado sus libretas y cámaras y huido de Veracruz, Báez, de 46 años, se enorgulleció de haberse quedado y no permitir que los criminales impongan su voluntad. Les enseñó a sus hijos a estar atentos a personas y automóviles sospechosos, pero también se complace en pasiones como pintar el montañoso paisaje de Xalapa y escribir poesía romántica, lo cual estaba bastante lejos de su empleo nocturno documentando la carnicería en las calles.

“No podemos ceder al miedo, no podemos vivir nuestra vida temiendo salir, temiendo ver amigos, temiendo hacer lo que hacemos”, recordó que él había dicho previamente en el año, después de que una reportera de investigación de una revista nacional fue asesinada en su apartamento aquí.

Morales, el fotógrafo, de 54 años, tiene una filosofía similar, diciendo: “Tienes que aceptar el miedo, pero no permitir que te paralice”. Dejó en claro que él fotografía muchas cosas aparte de cadáveres, lo cual cree que lo mantiene seguro. “Además, no clasifico a los muertos o digo quién era quién en un enfrentamiento”, dijo, después de encontrarse con la escena del crimen aún caliente en una noche reciente. Otros han dejado de reportar por completo.

“No puedo seguir aquí”, dijo una periodista con voz temblorosa esta semana, mientras hacía planes para marcharse. Ella contó que un funcionario del Estado le había informado que estaba en una lista de periodistas que, se creía, estaban bajo amenaza, la que se hizo circular entre funcionarios gubernamentales, aunque ninguno quiso reconocer su existencia.

Gina Domínguez, una de las portavoces del gobernador estatal, Javier Duarte, dijo que la Policía estaba trabajando decisivamente para investigar los asesinatos de los periodistas y sofocar la violencia. El gobernador, dijo, está desplegando oficiales de Policía adicionales en las calles y ha propuesto una nueva comisión para ayudarles a periodistas amenazados.

Sin embargo, reporteros aquí en Xalapa tienen sus dudas con respecto a ese tipo de esfuerzos, tendiendo a ver al gobierno, dirigentes políticos y delincuencia organizada como una “mafia” interconectada, en las palabras de varios, usándolos a ellos como peones en una lucha por el poder.

Las autoridades han vinculado el asesinato de Báez con la delincuencia organizada debido a la manera en que fue perpetrado: fue secuestrado afuera de su oficina el 14 de de junio y su cuerpo fue tirado en una calle del centro de la ciudad, con un mensaje pegado. “Esto es lo que les pasa a quienes nos traicionan y quieren ser astutos, sinceramente los Zetas”, leía la nota.

Periodistas aquí, escépticos de que el caso de Báez tenga una investigación exhaustiva, están haciendo sus propias conexiones, preguntándose, por ejemplo, si su muerte fue un mensaje al gobernador, dada la larga y bien conocida amistad de Báez con Domínguez. Además, acababa de ganarse un automóvil en una rifa que el gobernador había patrocinado como parte del Día Mundial de Libertad de Prensa, el 7 de junio.

Más de unos pocos colegas de Báez interpretaron algo en el hecho que fuera hallado muerto en una calle del centro de la ciudad y a una cuadra de la Legislatura, cerca de una oficina de comunicaciones del gobierno y tres oficinas de periódicos. Domínguez rechazó los rumores sobre motivos ulteriores por considerarlos “especulación”. Ella dijo que las autoridades estaban revisando a fondo su sitio web y sus artículos periodísticos para ver si algo que él escribió –o pasó por alto– pudiera estar relacionado con su muerte.

La falta de respuestas ha dejado a los reporteros sospechando incluso de sus colegas, con susurros con respecto a cuál entre ellos pudiera estar comprado.

La muerte de Báez impactó a la comunidad del periodismo particularmente fuerte debido a que había sido mentor de varios reporteros más jóvenes, presionándolos para buscar detalles reveladores en sus imágenes y en sus reportajes.

Él no investigaba a la delincuencia organizada, destacaron amigos, y dedicaba mucho espacio a accidentes, asaltos y arrestos de rutina.

Era de risa fácil, y serio con respecto a su sitio web, que él fundó con un grupo de otros periodistas. Todos se han marchado del estado, dijeron amigos de Báez, y nadie respondió telefonemas o mensajes de correo electrónico o respondió a la puerta en las oficinas del sitio, que actualmente están custodiadas por la policía. Sin embargo, el sitio web sigue activo, con unos pocos reportajes noticiosos de accidentes y otros episodios.

“Ni siquiera podemos describir cómo deberíamos sentirnos”, dijo un amigo, quien, al igual que nerviosos familiares de Báez, habló solo con la condición de mantenerse en el anonimato. “¿Quién nos va a proteger? ¿La Policía? ¿Grupos por los derechos humanos? ¿Los marinos? ¿Quién?, quiero saber, ¿quién?”.

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