Shakespeare 2016

17 de Abril de 2016
Fernando Balseca, especial para La Revista

“Ser o no ser… He ahí el dilema”, “Ser o no ser: este es el asunto”, “¡Ser o perecer: he aquí el problema!”, “¡Ser o no ser, la alternativa es esa!”, “Ser o no ser: de eso se trata”… Tantos matices al traducir estas sobrecogedoras palabras de Hamlet.

El apellido que comúnmente usamos para William Shakespeare (1564-1616) no es el que acepta el Oxford English Dictionary, que pone “Shakspere”. Se han hallado ochenta maneras de escribir su nombre: “Will Shaksp”, “William Shakespe”, “Shagspere”. En 1623 los colaboradores cercanos de Shakespeare publicaron sus principales obras teatrales en el llamado Primer Folio e insertaron un grabado con el rostro del bardo de un artista que nunca conoció a Shakespeare en persona. Aunque es un mal retrato, a los editores, que conocieron al poeta, debió parecerles algo preciso. De allí nos viene la posible cara de Shakespeare.

Una vida en el teatro

De Shakespeare no se sabe con certeza cuántas obras escribió ni en qué orden. Sí está documentado que nació en Stratford; que fue hijo de un respetado fabricante de guantes; que se casó a los 18 años con una mujer de 26 que estaba embarazada y que tuvieron tres hijos; que se fue a Londres sin su familia aunque siempre la sostuvo económicamente; que se convirtió en actor y autor de un inmenso éxito poético y teatral; y que murió en Stratford. Will fue un niño con suerte pues sobrevivió a la peste, fue a la escuela, y no sufrió nada grave en un país que transitaba del catolicismo al protestantismo.

En tiempos de la reina Isabel I, Londres vivía el fervor teatral justamente conocido como teatro isabelino. Las funciones empezaban a las dos de la tarde y se anunciaban con volantes. La gente se escapaba del trabajo para llenar los teatros, que no tenían telón ni decorados. También se escenificaba en un salón, un patio o un prado. La gente veía obras entretenidas, pero que mostraban dilemas éticos y situaciones límite de los habitantes de ese tiempo.

Para distinguir la noche del día, en la escena, se necesitaban las palabras. A diferencia de lo que ocurría en los escenarios españoles, franceses e italianos, en Inglaterra eran obligatorios los intérpretes masculinos para los roles femeninos: en Noche de reyes la confusión es tal que el personaje Viola es un muchacho que actúa como una mujer que actúa como un muchacho (esto es central en Shakespeare in Love, que ganó el Óscar a la mejor película en 1998). Para los puritanos, las tablas eran el púlpito del diablo; para el poder, un foco de sedición.

Historia, tragedia y comedia

Shakespeare vivió el auge nacionalista de la reforma protestante y de los éxitos de Inglaterra. Sus dramas históricos, no muy populares, expresan múltiples creencias culturales y políticas de la época: la preocupación por las perversiones de los gobernantes y todo lo que significa el uso criminal del poder. En sus comedias y tragicomedias –que tratan del amor y el matrimonio–, lo trágico y lo cómico se complementan y el papel de las mujeres es muy notable. Ángel-Luis Pujante destaca que Shakespeare es en el continente europeo el dramaturgo más representado, lo que llama la atención pues el bardo no fue ni a Oxford ni a Cambridge, como fue el caso de sus colegas exitosos. Hoy nos quejaríamos de Shakespeare diciendo que no tenía un Ph.D.

Mas su teatro es exquisito por las secuencias en las que imperan la fuerza de las palabras y el trabajo del actor y porque enseñaban al público que había más cosas en la realidad de las que podía confirmar la razón.

Palabras, palabras, palabras

En la época estaba tolerada para el teatro la apropiación de cuentos, leyendas, incluso historias de otros; Shakespeare les daba distinción, grandeza y dramatismo para mantener la atención del público. Él mejoraba las ideas de otros, era una especie de arreglista en la escena: “Era un magnífico narrador de historias siempre y cuando alguien las hubiera contado antes”, opina Bill Bryson.

Nunca habrá acuerdo sobre cuál es la mejor pieza teatral de Shakespeare, aunque, sin duda, Hamlet ocupa un lugar especial por sus resonancias existenciales. Shakespeare perfeccionó los apartes y soliloquios, aquel hablarse a sí mismo teniendo al público por testigo. Por eso es inolvidable el monólogo de cerca de media hora del príncipe

Hamlet, que sabe que su tío ha asesinado al rey Hamlet –su padre– para quedarse con el trono y con Gertrud, la madre de Hamlet. Aquí el personaje turbado, que violenta la estructura clásica de la presentaciones teatrales, le recuerda al espectador que está en un teatro y no en la vida real.

Hamlet es la tragedia de la venganza, del desquite. El personaje –a la vez trágico, absurdo, cómico, contradictorio, débil y fuerte– es una mezcla de acción e instrospección que compromete al espectador y que lo introduce en una exploración de los resortes del mal. Shakespeare también fue actor y se cree que él mismo hizo de espectro del padre en Hamlet, una obra que podía durar cuatro horas y media.

El triunfo de lo cotidiano

Para entender el poderoso efecto de las obras de Shakespeare, Bryson afirma: “Lo que en verdad caracteriza su obra –cada mínimo fragmento de ella, desde los poemas a las obras e incluso las dedicatorias, y desde principio a fin de su carrera– es la percepción concluyente y palpable del poder traspasador del lenguaje”. Incluso en la tradición de la lengua española, hay frases que provienen de las obras del bardo, un campeón de la invención de frases, que se han vuelto lugares comunes: “De un tirón”, “hacerse humo”, “meterse en un berenjenal”, “no moverse ni un milímetro”, “de carne y hueso”, “contener la respiración”.

En una época en que el latín era todavía la lengua escrita de prestigio, Shakespeare le dio a la lengua inglesa un vuelo inusitado; tanto que fue el primero en registrar 2.035 nuevos vocablos ingleses. El poder de la palabra es notorio para mostrar que nada es lo que parece ser, que nada es como se ve en la vida real. La disyuntiva entre ser y no ser atraviesa su comprensión del mundo. Tal vez por eso, con infinito entusiasmo, Harold Bloom considera a Shakespeare como “el inventor de lo humano”.

Aunque en ocasiones no se sabe muy bien qué es lo que quiere decir, en sus obras hallamos intriga, sufrimiento, amor, poder, locura, excesos. Para Stanley Wells, “sea directa o indirectamente, nadie puede permanecer intocado por Shakespeare. Él es como la provisión de agua; está aquí para permanecer”.

Stephen Greenblatt sintetiza la genialidad del autor que cumple 400 años de muerto: “Sus obras causan sensación entre los individuos cultos y los analfabetos, entre el sofisticado público urbano y las gentes de provincias que asisten por primera vez a una representación teatral. Consigue que el público ría y llore; convierte a la política en poesía; combina arriesgadamente la payasada vulgar y la sutileza filosófica. Sabe adentrarse con la misma penetración tanto en la vida privada de los reyes como en la de los mendigos; en un momento dado parece haber estudiado derecho, en otro teología, en otro historia antigua, y tiene al mismo tiempo la virtud de imitar los acentos de los pueblerinos y de deleitarse con cuentos de viejas. ¿Cómo explicar un éxito de tal magnitud?”. (I)

 

SONETO 18

¿Podría compararte con un día de estío?

Hay en ti más amor y una mayor templanza:

Rudos vientos azotan los pimpollos de mayo

Y el arriendo de estío vence en fecha cercana.

A veces con ardor brilla el ojo del cielo

O su naturaleza de oro disminuye;

Y la serenidad poco a poco declina

Por azar o por cambio de la naturaleza.

Pero tu eterno estío no se agota jamás

Ni podrá perder nunca la luz que te define,

La muerte no dirá que vagas a su sombra

Cuando en versos eternos te acrecienten los años.

Mientras respire un hombre o haya ojos que miren

Vivirá este poema, otorgándote vida (traducción: Jenaro Talens).

Sus obras causan sensación entre los individuos cultos y los analfabetos, entre el sofisticado público urbano y las gentes de provincias que asisten por primera vez a una representación teatral”.
Stephen Greenblatt, crítico

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