Matrimonio y depresión

Por Lenín E. Salmon
17 de Junio de 2018

Normalmente, una pareja se casa porque los ideales y sentimientos que comparten quieren profundizarlos y disfrutarlos, en la seguridad que ofrece el matrimonio, por el resto de sus días. Muchos hogares son bendecidos de esta manera y ellos y sus familias recorren un camino constructivo y optimista, enfrentando juntos las adversidades y manteniendo con firmeza el rumbo hacia la consecución de sus ilusiones. Pero aun así, en muchos casos, la relación matrimonial produce estrés, pudiendo generar depresión en uno o ambos protagonistas. El camino entonces puede volverse áspero, triste y frustrante, con el perenne temor de que lo peor está por venir. Es como vivir debajo de una nube negra. La correlación estadística entre estrés matrimonial y depresión es altísima. Generalmente, la causa central es una tendencia depresiva (que puede ser genética, química u hormonal) que se puede exacerbar ante circunstancias precipitantes que el individuo se siente incapaz de controlar.

Usualmente, se presenta de manera distinta en él o en ella. En una mujer puede manifestarse después de haber dado a luz (depresión posparto). También puede sentirla si desarrolla una actitud sumisa ante un marido dominante (esta anomalía puede suceder sin ser detectada por ninguno de los dos). Igualmente, puede estar presente como reacción a un marido muy quejoso o crítico, que casi nunca pondera o estimula las virtudes de ella. En un hombre puede producirse al tener una personalidad débil y reprimirse al sentirse frustrado y no poder expresarse abiertamente. También puede suceder en un segundo matrimonio, en el que teme no estar encontrando las soluciones que buscaba a los problemas por los que fracasó en el primero. Inestabilidad laboral, inseguridad sobre la imagen que les proyecta a los hijos, dudas sobre su actuación en la intimidad, son factores que pueden disparar un episodio depresivo masculino. En el peor de los casos, la pareja pierde la esperanza de aspirar a ser feliz, intentando resignarse a una vida vacía.

Se ha llegado a señalar a la depresión como el asesino silencioso del matrimonio: mata las ilusiones, mata la solidaridad, mata la felicidad. Pero nadie puede vivir en depresión indefinidamente sin perder el juicio. Si no se atiende prontamente (usualmente requiriendo ayuda profesional) puede empujar a la persona afectada a tomar decisiones desesperadas, extremas, produciéndose perjuicios aún mayores. (O)

salmonlenin@yahoo.com

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