‘Era como mi padre’

17 de Junio de 2018
  • Bernard Fougéres falleció en su amada Guayaquil el 5 de mayo anterior. Su familia siempre lo acompañó. Foto: Archivo
  • Bernard Fougéres con su esposa, Evelina Cucalón, y sus hijos, Sol y Eduardo Damerval Cucalón, y la pequeña Michelle Fougéres Cucalón. Fotos: Cortesía
  • Imagen tomada poco después del matrimonio de Bernard y Evelina, con Sol y Eduardo. Michelle nació cuando Sol, la mayor, tenía 10 años.
Sol Damerval, especial para La Revista

“En casa le decíamos Pato”. Nuestro querido Bernard Fougéres es retratado por el cariño de alguien que compartió con él en el calor de la familia.

Bernard llegó a nuestras vidas (mi hermano Eduardo y la mía) cuando éramos muy pequeños, tal vez teníamos 3 o 4 años y habíamos perdido la figura paterna siendo bebés.

Bernard se casó con mi mamá (Evelina Cucalón) y pronto supo ganarnos, pues tenía muchos recursos para inventar juegos y cuentos. Hasta el fin de sus días fue un niño en cuerpo de viejo. En la casa le decíamos Pato, y mi mamá era la Pata, porque los patos siempre andan juntitos, siguiéndose uno atrás del otro, y ellos eran así de cariñosos.

Cada fin de semana solíamos ir a Ballenita; jugaba con nosotros en el mar con inventos como “el sacacorcho electrónico”, que consistía en pararnos en sus hombros y cuando venía la ola grande nos lanzaba sobre ella dando vueltas en el aire y a lo lejos escuchábamos a mami gritando “cuidaaaado”.

Era especialista en hacer pícnics en cada viaje. Si era a la Sierra, se detenía en algún paraje bonito, arreglábamos el mantel sobre el pasto colocando delicias que preparaba para comer, detalles como las flores silvestres nunca faltaron, nos explicaba el porqué de las cosas, de la naturaleza, de las personas. Le encantaban las mariposas, insectos y tarántulas, como también el silencio para soñar y las aventuras.

Siempre ingenioso

El tiempo transcurría y el piano nos acompañaba cada día, las risas por las tonadas que ponía de acuerdo con las circunstancias.

En nuestros cumpleaños él era quien hacía los juegos tradicionales, los concursos increíblemente divertidos, nos ponía películas y fabricaba nuestras sorpresas. Una vez hubo una fiesta hippie y le tocó pintarme una flor y un corazón en mis mejillas y me dijo que estaba linda. Esas cosas pequeñas me hacían sentir que eres parte de una familia.

Iba creciendo y la hora de comer se volvió un tormento. Él llegaba a casa después del show (que se transmitía por Ecuavisa) y yo seguía en la mesa, pues no me gustaba la sopa, ¡qué pelea! (en esa época todavía no existía la Mafalda como su eterna compañía). Así que inventó los “bonos de comilones”, que eran un grupo de tarjetitas donde escribía y dibujaba el premio que se llevaría quien terminara rápido la comida. Mi hermano siempre ganaba. Otro ingenio era el que terminaba de hacer las tareas tenía que buscar el tesoro escondido en la casa; eran monedas o dulces que ponía en los lugares menos esperados, de hecho estaban frente a nosotros y no los veíamos. Mi hermano siempre ganaba, era tan divertido.

Caminan los años y llega el fin de la escuela; amo a los caballos y no encuentro la manera de ir a montarlos. En aquella época el lugar era el hipódromo de Santa Cecilia (ciudadela Los Ceibos), comienzo a escaparme del colegio y él iba a buscarme. Era esa edad en que el amor o el capricho pueden más. En otra ocasión hubo en el colegio un problemón y mis compañeros y yo sufríamos por el castigo; él llegó en su moto, todo el colegio salió a verlo y él disfrutaba y de reojo me miraba (Ay, Dios, lo que en casa me esperaba), pero terminaba olvidándose de lo sucedido.

Sin embargo, fue una persona estricta y todo debía ser en su tiempo. En mi adolescencia, cuando el corazón comenzaba a palpitar por los chicos, me cuidaban tanto que él se daba tiempo para controlar las llamadas telefónicas que recibía, las visitas y cualquier permiso para salidas.

Volver a la ‘normalidad’

Me enviaron a estudiar fuera. Cuando regresé yo tenía el pelo con mechones blancos, tres aretes y ganas de salvar el mundo; mis padres me esperaron al pie de la escalera del avión al verme casi se infartan. Lo cierto es que al día siguiente a las 07:00 estuvo Kleris, la peluquera, para volverme a la “normalidad”. Él daba vueltas y se reía; me molestaba diciendo que parecía a Mireille Mathieu (cantante francesa) con el corte de cabello. Para ese entonces mi hermana menor, Michelle, crecía también entre la música y las locuras de familia (ella nació cuando yo tenía 10 años).

Teníamos en casa una sala de música en donde nos reuníamos en familia o con amigos de ellos, como Alberto Cortez, José José, Raphael y Vicky Car. Realmente pasaron muchos artistas nacionales y extranjeros, políticos, arzobispos personalidades de toda índole. Lo nuestro era escucharlos “hacer música”, cantar y escuchar discos de Édith Piaf, Mireille Mathieu, Maurice Chevalier, Yves Montand, Gilbert Bécaud, Charles Aznavour, Frank Sinatra, Los Beatles, Julio Iglesias, etc. Esa sala era rica de recuerdos.

Corazón muy solidario

Le gustaba que salgamos a cenar (él tenía costumbre de salir a cenar con cada uno de nosotros y en lo posterior con cada nieta). Él me presentaba como su hija mayor y empezábamos la degustación y decantación de todo. Un día llamaron a mi mami sin identificarse para decirle que Bernard estaba con una muchachita cogidos de la mano en un restaurante. Ella rió y le dijo que era su hija, y nos llamó a contar.

Cada año teníamos una cita en la Penitenciaría, en el pabellón de mujeres y niños, al igual que en el Hogar del Perpetuo Socorro con un solo fin: entregar y recibir esperanza y felicidad que perdurara en el tiempo. Posteriormente le tocó la posta a mi hermana menor, Michelle. Al crecer seguí sus ejemplos de amor por el arte y la música, televisión, desarrollo social y ambiental, caminar por la vida viendo más allá de mi prisma para poder ayudar. En uno de mis trabajos escribí mi primer libro “Mitos y leyendas de la Península de Santa Elena”. Le pedí que hiciera el prólogo y el feliz me apoyó. El día del lanzamiento asistieron los narradores de las historias, todos de la tercera edad. Él los abrazaba conquistando corazones; realmente apoyó mis inquietudes y nos enseñó que padre no es el que engendra, sino el que cría.

‘Simplemente mío’

El Pato solía aparecerse con el desayuno en la cama, escribía cada día mensajes de amor a mami en el espejo con lápices de labio. En Ballenita tuve un departamento a dos cuadras de la casa y por lo menos un domingo al mes caminaba para traerme en una bandejita el desayuno típico de casa; me enseñó así que los detalles hacen la vida y en ella hay que decirlo todo y disfrutar el hoy.

Otro momento inolvidable fue el día de las copas de agua. No sé por qué llegué del colegio y la mesa estaba llena de copas de cristal y cada una tenía un nivel de agua diferente; nos humedeció los dedos para pasarlos por el filo de cada copa. Nos enseñaba el sonido de la música en ellas; era la música de la vida, de los elementos y las materias.

Se paró el tiempo para él, para mí dejó el tiempo suspendido en una película llena de recuerdos. “Ni sangre de mi sangre, ni carne de mi carne, pero simplemente mío”, fue una de las frases que nos dijimos en público y que nos acompañó hasta su último momento, bajito en su oído.

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