Miguel Donoso: Hoy empezamos a recordarlo

12 de Abril de 2015
Jorge Martillo Monserrate

Escritores guayaquileños evocan las enseñanzas y anécdotas de Miguel Donoso Pareja durante el taller literario iniciado en 1981.

Hoy hay taller con Donoso. Esa era la frase que decíamos cada 15 días: Edwin Ulloa, Raúl Vallejo, Jorge Velasco –narradores-, Fernando Balseca, Mario Campaña, Fernando Itúrburu, Eduardo Morán y quien escribe –poetas-. Era el aprendizaje de la crítica, la autocrítica y la escritura de textos bajo la sabia conducción del Viejo Donoso. Eso fue hace 34 años.

El escritor Miguel Donoso en julio del 2002.

Ante la muerte de Miguel Donoso Pareja (Guayaquil, 13 de julio 1931-16 de marzo 2015), llamé a los ex talleristas de la primera convocatoria para que escribieran sobre la importancia del taller y recuerdos del maestro. Los textos llegaron y los edité por falta de espacio.

 

Fernando Itúrburu 

Marcó un antes y un después del oficio. Poeta, narrador, ensayista, profesor en una universidad norteamericana.

Fernando Iturburu.El taller de Donoso me dio estructura, disciplina y orden para organizar el texto. Marca un antes y un después en el oficio y en la relación propiamente con el texto literario. En lo personal, fue una revelación para mí, me dije: “Así ha sido la cosa” y desde ahí asumo con mayor claridad la escritura y, por ende, la lectura, el comentario literario.

Hay tres momentos personales con Miguel que mencionaría, en ellos las conversaciones sobre sí mismo, su vida, sus temores y su experiencia, fueron lo más importante; en una ocasión se quedó en la casa sureña de mi familia, fue un sábado por la mañana de ceviche de concha y cerveza helada, conversaciones con mi padre de los tiempos idos, del colegio Vicente Rocafuerte, etc. También en Quito: cuando pasé un par de meses y me dio cabida con los talleristas, y algunas escapadas que nos dimos, debidamente acompañados; y en tercer lugar, quizá en París, quizá en Guayaquil mismo..., conversaciones con Miguel que siempre tuvieron como trasfondo de recuerdo el sur, el Barrio del Astillero.

 

Mario Campaña

Nos conminó a ser trabajadores de la lengua
Poeta, ensayista, narrador, investigador literario. Reside en España desde los 90s

Mario Campana.Entonces Guayaquil era una ciudad sin lectores, bibliotecas, editoriales, librerías ni crítica literaria. Sin novelistas, aparte de Jorge Velasco. La obra poética se hacía en otro mundo, marginal. Así, la aparición de un escritor y crítico literario profesional como Donoso debía tener consecuencias esperanzadoras. Y las tuvo. Guayaquil (el Ecuador entero) vivió durante años la ilusión de un renacimiento. Miguel nos conminó a escribir y leer en lugar de hablar. A ser trabajadores de la lengua y la composición y no vedettes ni falsos genios. No ha habido aún renacimiento, pero la literatura de Guayaquil tiene, desde la aparición de Miguel, un cierto vigor del que antes –en los 80- carecía. Quizá el renacimiento está en camino, lo estamos haciendo entre todos, lo cual sería impensable si no hubiera existido Donoso. Decir que él fue un maestro de escritores es un vano intento de disimulación, porque en Guayaquil fue, hasta su muerte, el único escritor profesional, el único cuyo trabajo era la escritura literaria. ¿Quizá sea el caso también de Jorge Velasco y Luis Carlos Mussó? Lo recuerdo lamentando su regreso a Ecuador, el abandono de Ciudad de México. Él le dio mucho a Guayaquil que no hizo nada por él.

 

Fernando Balseca

Miguel se reía de sí mismo
Poeta, ensayista, profesor universitario en Quito y editorialista de diario El Universo.

Fernando Balseca.Cuando estableció en Guayaquil el taller literario, Miguel Donoso Pareja era un escritor grande; en 1981 había publicado Nunca más el mar, novela que erosionaba el sentido de linealidad de nuestra tradición literaria y que se ponía al frente de la renovación novelesca latinoamericana. Por tanto, trabajar con un autor que había producido una literatura tan actualizada producía verdadero entusiasmo y temor de exhibir los trabajos de uno. El taller nos mostró a una persona sencilla que hablaba claro en bien de la escritura de los talleristas. Sus críticas dirigidas al texto eran motivaciones para llegar a producir buena literatura. Jamás estarán olvidadas en mi práctica las lecciones de Miguel con respecto a la exigencia de calidad que uno debe imponerse. Él viajaba en bus de Quito a Guayaquil y se alojaba en un cuarto de la Casa de la Cultura. Jamás vivió envanecido con sus logros; más bien, dudaba del alcance de ellos. Por eso, fuera del taller, tuvo una presencia muy familiar con casi todos sus talleristas ya que se preocupó de sus crisis. Miguel se reía de sí mismo. Nos alentó a irnos del taller en busca de nuestros propios pasos.

 

Edwin Ulloa

Ícono de honestidad y transparencia
Narrador, psicólogo y periodista. Un guayaco nacido en Riobamba.

Edwin Ulloa.Miguel Donoso fue un ícono de honestidad y transparencia para quienes empezábamos a borronear historias, a tomar partido por seres anónimos y la estética de la calle.

Lo conocí en México, en 1979, gracias a Fernando Nieto. La primera impresión, fuerte como el café pasado de la mañana, clarificó la relación que un tiempo después sería de alumno y maestro. Fue poniendo en blanco y negro los términos del acercamiento en función del trabajo literario y la filiación política de izquierda en él conocida: “El comprometido con la política soy yo; lo que exijo es trabajo profesional, no pendejadas, ni carteles”. Más tarde dejó el exilio, se reencontró con su ciudad y coordinó talleres literarios. En esa época me desempeñaba como secretario de la Casa de la Cultura y, en una de las tardes, Isabel Huerta apareció como un halo de frescura y esperanza para Miguel: “Qué guapa; oye…, está muy bien. ¿Por qué no me la presentas, negro?”, dijo y lo hice. Luego se convirtió en su esposa, hoy su viuda.

 

Raúl Vallejo

Maestro generoso como implacable
Narrador, profesor y actual embajador en Colombia.

Raúl Vallejo.En los primeros años de los ochenta tuve en imprenta un libro listo para ser impreso. Miguel Donoso realizó la primera convocatoria para los Talleres Literarios. Yo le enseñé las pruebas de imprenta del libro —que había ganado el premio nacional de relato José de la Cuadra— y su criterio meticulosamente razonado me ahorró las críticas que hubiesen caído sobre aquel. Fue así como retiré el libro de la imprenta. Por este tipo de anécdotas, decimos que fue un maestro tan generoso como implacable. Él enseñaba toda aquella “cocina literaria” que un escritor construye con la experiencia de la propia escritura y una vida dedicada a la lectura. Enseñaba su práctica para ahorrarnos el largo camino que a él le había tomado. Eso sí, jamás hacía concesiones con sus alumnos; y si bien su crítica literaria era implacable, nunca intentó imponer a nadie ningún estilo literario. Para mí, haber sido alumno de Miguel y haber compartido el afecto fraternal que nos unió fueron privilegios singulares que la vida me concedió.

 

Eduardo Morán

Me motivó a adquirir un método
Poeta y arquitecto. Reside en Guayaquil, es casi un escritor secreto.

Eduardo Morán.Siempre consideré a la literatura como un camino. Considero que en un taller no se aprende a escribir. En cambio, el taller de Miguel Donoso me motivó a imponerme mi propia disciplina, a adquirir un método, hacer de la creación literaria un hábito y a descubrir en qué radica lo indestructible de mí mismo. Entendí mi verdad literaria desde mi propia experiencia. Con Miguel Donoso tuve largas conversaciones sobre la literatura. Su carácter particularmente cuestionador se encontró algunas veces con mi carácter particularmente cuestionador; sin embargo siempre alcanzábamos un acuerdo. Una vez en casa de Jorge Velasco, ‘El viejo’, seguramente por su innata curiosidad, me formuló una pregunta cerrada, de respuesta sí o no. Después de reponerme por la sorpresa, mi respuesta fue: descúbrelo por ti mismo. ‘El viejo’ se ha ido. Me dejó este no estar satisfecho con lo que escribo. Porque siempre estoy reescribiendo mi obra.

 

Jorge Velasco

No tuve fuerzas de verlo en su ataúd
Cuentista, novelista, dirige talleres literarios.

Jorge Velasco.Miguel siempre me decía, a veces, hasta un poco enojado, que yo no debería perder el tiempo con personas que no tenían ninguna significación cultural respetable, lo decía porque soy muy dado a andar por las calles fastidiándole la vida al mundo con amigos no tan selectivos. Insistía en que yo podría ser un gran escritor. Me decía con voz pausada: “Si quieres escribir, así no vas a llegar a ninguna parte”. Le hice caso y no es que he llegado a muchas partes, pero he podido trabajar una saga literaria de la cual sí me siento contento. Podría decir que él me profesionalizó. Cuando me jubilé y tenía tiempo libre, a veces, los lunes, iba a visitarlo. Me impresionó mucho, era un hombre con dificultades físicas pero con una mente lúcida. Trabajamos Tatuaje de náufragos, que es la novela sobre nuestra generación. Primero conversábamos, pero de pronto, él decía: “Bueno, vamos a trabajar”. ¡Asííí era! Yo le tenía que pasar las páginas porque él tenía el párkinson. Yo salía hecho pedazos de ahí. Yo, que había prometido no volver a chupar, lo cual es imposible, ahorita estoy tomándome unas bielas. No tuve fuerza de ir al velorio y verlo en su ataúd. (I)

 

UNO DE LOS GRANDES

Carlos Burgos Jara, desde Madrid, especial para La Revista

Miguel Donoso fue uno de los grandes escritores ecuatorianos del siglo XX. Hay que decirlo así, de entrada, para evitar rodeos innecesarios. Sus novelas y cuentos fueron una de las rupturas más profundas que se dieron en el Ecuador con el realismo social. Si uno piensa que la narrativa ecuatoriana del siglo XX se mueve principalmente en dos corrientes, la realista y la experimental, la literatura de Donoso optó con insistencia por esta segunda tendencia, que fue mucho más minoritaria y marginal. Donoso decidió escribir de esa manera en un momento en que no era fácil hacerlo: de Gallegos Lara a Agustín Cueva, el experimentalismo literario fue visto por mucho tiempo con suspicacia en el Ecuador.

A pesar de que gran parte de su obra circuló por caminos distintos, fue un profundo admirador de los grandes escritores realistas ecuatorianos. A ellos les dedicó uno de sus libros más importantes, Los grandes de la década del treinta, que sigue siendo hoy, a varias décadas de su publicación, el mejor estudio sobre el realismo social ecuatoriano. Hay que recordar que Donoso fue, además de narrador y poeta, un crítico literario que supo analizar con agudeza tanto la obra de autores consagrados, como la de aquellos creadores que él pensaba que no habían tenido suficiente visibilidad. Fue un trabajo que cumplió a conciencia en sus libros y en publicaciones como la revista Cambio, que dirigió en los setenta junto con Juan Rulfo, Julio Cortázar, José Revueltas y Pedro Orgambide.

Su generosa labor de formación y promoción de jóvenes escritores nacionales y extranjeros no tiene comparación en nuestro país. Probablemente no la tenga en América Latina. Aunque no todos lo han reconocido (la gratitud no es precisamente una virtud común entre escritores), son varios los autores de diferentes generaciones que están en deuda permanente con él: de Jorge Velasco Mackenzie a Juan Villoro, de Gilda Holst a Roberto Bolaño (a quien Donoso ayudó a publicar sus primeros poemas).

En México, Donoso sustituyó a Augusto Monterroso en su taller de cuento de la revista Punto de Partida. Juan Villoro, uno de los participantes de ese taller, contaba alguna vez: “Llegó precedido de una fama más propia de un personaje literario que de un escritor. (…) Su aspecto físico reforzaba los atributos del hombre de acción: la piel curtida por vientos polares y mosquitos de Malasia, el mechón de pelo en la barbilla que empujaba afanosamente hasta dejarlo en forma de cuerno, la corpulencia, algo descuidada, del bebedor atlético”. Villoro afirmaba que, a pesar de que Donoso era visto por sus estudiantes como un autor que practicaba y defendía lo que hoy llamaríamos una literatura difícil, “nunca imponía al frente del taller un estilo definido; su impagable magisterio fue una invitación al riesgo”.

Fue un polemista vehemente y, en un país poco acostumbrado a la discusión y a la crítica, aquello significó para él no pocas enemistades. La dictadura que gobernó el Ecuador entre 1963 y 1966 lo expulsó del país y Donoso vivió dieciocho años en México. Ese exilio marcó su obra de manera definitiva. Su literatura es la de un hombre desgarrado por la nostalgia: el mar de la infancia, las primeras experiencias de juventud, las voces de su ciudad. Pero la suya también es la escritura del nostálgico que no puede reconocerse del todo en su país una vez que ha decidido volver. Nunca más el mar, su novela del regreso, profundiza en el desencuentro que el protagonista vive en la partida y en el retorno a un país con el que mantiene una relación tensa. Escrita en un momento de su carrera en que le había bajado un poco el tono a la complejidad técnica y al experimentalismo (del que, según sus propias palabras, había llegado a abusar), Nunca más el mar es sin duda una de las mayores novelas ecuatorianas.

 

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