Paco y el médico

Por Clara Medina
01 de Noviembre de 2015

De César Vallejo se conoce, sobre todo, su poesía. Muchos recitan “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!/ Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,/ la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma. ¡Yo no sé!”. La palabra de este poeta peruano, que nació en 1892 y murió en 1938, conmueve. Perdura. Fue uno de los grandes renovadores de la lírica del siglo XX.

También está su faceta de narrador, que es, quizá, la menos difundida. Entre su narrativa consta Paco Yunque, una obra que se publicó de manera póstuma en 1951, veinte años después de haberla escrito. Es un cuento infantil y en la época que lo escribió fue rechazado por el mundo editorial tal vez por su dureza, por su denuncia social. Se pensó, a lo mejor, que no era una lectura apropiada para niños.

¿Y qué cuenta Paco Yunque? Una historia cuyos componentes hasta hoy están vigentes: el abuso de poder, el atropello a los más vulnerables, los silencios cómplices. Paco, un niño de campo, hijo de una mujer que trabaja como doméstica en la casa del alcalde del pueblo –dueño también de casi todos los negocios–, asiste a la misma escuela que el hijo de la autoridad. Se supone que en la escuela, ese espacio de aprendizaje, las jerarquías desaparecen, pero no sucede así. El hijo del alcalde maltrata y humilla a Paco y, además, se le roba la tarea. Paco es un niño inteligente.

El profesor, aunque detecta los abusos, no sanciona al hijo del alcalde. Prefiere callar: sabe que podría perder su cargo de maestro. Tampoco la madre de Paco protesta: perdería su empleo y, por tanto, el sustento del día a día. Es otro niño, un compañero de curso, el que alza la voz y trata de proteger a Paco Yunque, aunque este sea tan desvalido como aquel. Con este gesto se reivindica la solidaridad y se ubica a los niños como más auténticos que los adultos, pues no han sucumbido todavía a esa idea de callar o de pensar que una lucha no tiene sentido.

Esta historia fue escrita por Vallejo hace más de 80 años, y nuestro entorno, aunque con muchos adelantos tecnológicos y urbanísticos, sigue funcionando de la misma forma. La actitud del maestro podría tomarse como una metáfora de la sociedad y sus comportamientos. Lo pensaba mientras veía en Quito, hace poco, la pieza teatral El enemigo del pueblo, adaptación de la obra de Ibsen. En esta no es un niño el maltratado y humillado, sino un médico que denuncia que el agua del pueblo está contaminada. Muchos saben que es cierto, pero prefieren silenciarlo. Dar paso a la denuncia significaría perder dinero, dejar de obtener prebendas.

Leyendo a Paco Yunque y evocando al médico de El enemigo del pueblo podría pensar que todo está perdido. Que la indefensión es la regla. Sin embargo, me reconforta conocer lo que sugiere la obra teatral sobre la fortaleza individual: que el ser humano más fuerte es el que está más solo. Que esa fortaleza sea
la llama. (O)

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