Dueño y señor de su circo de la vida

15 de Abril de 2012
  • El artista Hugo Lara en su casa-taller de Playas.
  • El circo de Lara es uno poblado por pequeños zanqueros, acróbatas, payasos, saltimbanquis.
Texto y fotos: Jorge Martillo Monserrate

En General Villamil, Playas, como en Charleston, Carolina del Sur, el pintor guayaquileño Hugo Lara realiza su serie El circo de la vida.

Años atrás. Uno a uno fueron llegando sus personajes. Hugo Lara les fue dando vida y color. Hospedándolos en su metafórica carpa colorida y alegre. En  lienzos habitados por sus arlequines que son quienes actúan en El circo de la vida.

Conversamos en su taller de General Villamil, Playas. Balneario donde vive entre noviembre a abril, cuando huye del gélido invierno norteamericano. Porque el resto del año reside en Charleston, pequeña y turística ciudad de Carolina del Sur. 

El mar está cerca pero a esa hermosa casona donde funciona su taller pero esa tarde no llegan los cantos de las olas. Pero sí suenan las palabras de Hugo Lara López cuando cuenta que nació en Guayaquil hace 63 años. Que en su familia el arte es ancestral porque tanto sus abuelos paternos y maternos fueron artistas: Heriberto Lara, forjador de metales, y Proceso López, músico que construía sus guitarras y mandolinas.

En cambio, su padre fue publicista. Hugo y su hermano Luis –también pintor–, lo ayudaban en las artes y por la noche estudiaban en el colegio César Borja Lavayen. Luego ambos se dedicaron a la pintura. Hugo recuerda su primera exposición de 1965 y que vendió un cuadro por 500 sucres.

A partir de 1968, los hermanos Lara empezaron a viajar por Latinoamérica y EE.UU. En 1972 el destino fue España y otros países europeos. Eran giras de aprendizaje artístico. En el Museo del Prado, Hugo durante un par de años, estudió la pintura de Goya, Joaquín Soroya, El Greco y otros pintores. “Pero básicamente me interesó Soroya por la luz, por el color, por su estilo impresionista, sus trazos muy libres, y Goya por lo atrevido en su época, es una pintura que ha servido de maestría”, explica que como pintor joven tuvo que viajar porque en Ecuador no tenía referentes, era necesario investigar y crear sus propios referentes.

“Yo cumplí mis sueños, realmente no tengo nada que extrañar,   he realizado mi vida. Es una realización que me hace feliz   y esa felicidad es la que quiero transmitir en mi obra”, Hugo Lara

 

Un circo de la vida que gira y gira

A su serie la denominó El circo de la vida en 1996. Pero la inició y la mostró en una exposición de 1973  como Los Esperpentos y era una crítica a la sociedad decadente. Hacia 1983 vino la etapa de Arlequines Esperpénticos que “todavía eran un poco grotescos pero ya estaban vestidos con más color”, recuerda.

Su propuesta pictórica, como un verdadero circo en gira, se ha ido transformando por obra y gracia de su creador. Cuando uno aprecia sus lienzos se encuentra con arlequines –los espíritus burlones de Hugo Lara–  que se desplazan por espacios y estructuras realizando diversas acciones. El suyo es un circo poblado por pequeños zanqueros, acróbatas, payasos, saltimbanquis.

Personajes arbitrarios que rompen la rutina del ser humano, observándolos Lara afirma: “El circo de la vida  no es más lo que todos los seres humanos hacemos: actuar. Actúa el padre de familia. Actúan los políticos. Actúan los maestros ante sus alumnos. Todo el mundo actúa. ¿Por qué? Para tomar una actitud ante los desafíos diarios. Todos somos actores de la vida. Mis personajes son un filón inagotable. Mientras exista la humanidad mis arlequines tendrán vigencia”, asegura Lara y cuenta que en 1983 observando a la sociedad norteamericana y a esa arquitectura tan metálica y llena de vidrio, implementó cambios en su serie: “Empecé a utilizar pan de oro en dorado y plateado y le daba matices con  transparencias para lograr una dimensión diferente. Fue un éxito”.

Pero ni el éxito satisface a Hugo Lara. Desde hace dos años idea a una nueva etapa en su Circo. “Cuando un arte se domina, ya no me gusta. Ya no hay resistencia ni desafío. Por esa razón he pensado en un campo cósmico totalmente diferente, pero la temática seguirá siendo la misma”, dice con una mirada iluminada por sus futuros desafíos creativos.

Cuenta que le gusta observar a los espectadores apreciando su obra, escucha lo que comentan. Eso  le sirve para incluirlos en sus próximos cuadros. “El espectador cuando ve mi obra es ya una obra más. Mi proceso creativo es interactivo. Mi propuesta es proporcionar felicidad al espectador”.

Sus últimas y más importantes exposiciones fueron en el Museo de Arqueología del Chamizal de Ciudad Juárez, México, y el año pasado en la Universidad de Yale. Ahora está invitado a la Bienal de Florencia.

El año pasado participó en la exposición Caballos de colores y se sintió a gusto trabajando con ese soporte alternativo, además porque el caballo siempre ha sido parte del circo. “Cuando tuve que entregar al caballo pintado sentí un gran vacío en mi estudio porque estuvo dos meses aquí”, confiesa entre diversas impresiones fotográficas de ese caballo poblado por arlequines.

Uno de sus próximos proyectos es construir un estudio modular de arte –de unos 25 metros cuadrados–  que él piensa armar y desarmar en malecones, plazas, parques, etc., donde expondrá su obra. “Se entra y se observa la obra como en una galería formal, pero es una escultura grande, única. El estudio en sí es otra obra de arte, es una especie de instalación. Ese va a ser mi próximo paso”, detalla Hugo Lara, quien señala que está cumpliendo 47 años de vida profesional y que desde hace veinte años vive tranquilo en Playas junto a Ana María, su compañera. “Aquí la gente que está interesada en mi trabajo visita mi estudio”, manifiesta  el pintor, quien admite que produce más en la soledad de los Estados Unidos.

Hugo Lara, dueño y señor de El circo de la vida, reflexiona: “Yo cumplí mis sueños, realmente no tengo nada que extrañar, he realizado mi vida. Es una realización que me hace feliz y esa felicidad es la que quiero transmitir en mi obra”.

El mar está cerca, pero no se lo escucha en ese taller poblado por coloridos arlequines, por un circo que gira y gira como la vida.

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