Norman Mailer, su esposa Beverly, sus hijos Michael y Stephan, en Brooklyn, Nueva York en mayo de 1969. Foto: AP
Nueva York, la ciudad que vio nacer y morir a Norman Mailer (1923 - 2007).
En el cielo raso de la estación de trenes Grand Central vemos las estrellas de un zodiaco gigantesco.
El escritor en el gimnasio de Gramercy Park (1978).
Finalizado en 1930, el edificio Chrysler es un símbolo distintivo de Nueva York. Mide 319 metros.
El romance de Mailer y Nueva York contado por un testigo de lujo que en 1979 recorrió la ciudad con un ‘monstruo’ de la literatura, quien registra sus humorísticas irreverencias.
Quise conocer a Norman Mailer desde que leí Los ejércitos de la noche en 1975. Me impresionaba su destreza para hablar de sí mismo en tercera persona y para transformar en relato hasta el más insignificante detalle de la realidad. Su lenguaje era audaz, ofensivo y todo lo incorrecto que se espera de un escritor. Hice esfuerzos de náufrago para entrevistarlo, pero no conseguí acercarme a él hasta 1979, cuando Andre Schiffrin, mi editor de Pantheon Books, intercedió ante su agente literario y le arrancó a regañadientes una cita. Sucedió una de las primeras veces que visité Nueva York.
Mailer me sorprendió al citarme en el gimnasio para boxeadores de Gramercy Park. Creí que era otro de sus chistes sangrientos. La sensación se acentuó cuando le pregunté si podía esperarlo en algún lugar que no fuera el gimnasio. Había visto demasiadas películas de boxeadores destrozados por la mafia y de mafiosos que despedazaban a los visitantes extraviados en los pasillos con olor a sangre y a linimento. Pero aquello no era Hollywood. Era Manhattan, es decir, iba en serio. Me dijo que si el gimnasio no me caía bien, lo esperara en uno de los bancos del parque Gramercy a las nueve en punto de la mañana.
Puso especial énfasis en las sílabas, nueve a.m. en punto, sharp. Quise preguntarle dónde nos resguardaríamos en caso de lluvia, pero no me animé. Su mal carácter era famoso desde que había atacado a su segunda esposa a puñaladas en 1960. Allí estuve un sábado de abril antes de las nueve. Llegué temprano para familiarizarme con el territorio y ver si de todos modos descubría el gimnasio.
A duras penas lo encontré en la esquina de Irving Place y la calle 14, veinte pasos al oeste de un quiosco de revistas. Estaba al final de un zaguán sórdido, en lo alto de las escaleras tiznadas por el hastío. En el centro de un salón enorme, el cuadrilátero de un ring llamaba la atención. Vi a un negro que se mecía en una silla y bostezaba fragorosamente.
Yo no sabía aún que el Gramercy Gym es el lugar en el que Mailer toma clases de boxeo todos los sábados con el puertorriqueño José Torres, ex campeón mundial de los semipesados. Torres lo somete a dos rounds de castigo para obligarlo a bajar de peso.
Mailer, en efecto, ha engordado mucho. Acaba de cumplir 56 años y el pelo ensortijado le empieza a blanquear. Su energía, sin embargo, es por lo menos una generación más joven que su apariencia.
A las nueve clavadas lo veo avanzar a paso rápido entre los canteros del parque. Lleva zapatillas, pantalones deportivos y un buzo azul. De pronto advierte que estoy esperándolo y me arrastra a la calle sin contemplaciones. “¿Usted no vendrá a hablarme de literatura, eh? –dice–. Tenemos aquí más literatura de la que necesitamos”. Señala con un ademán la inconfundible línea de rascacielos de Manhattan y se lanza a caminar por Broadway hacia el sur. No me queda otro remedio que seguirlo.
Diez minutos después se deja tentar por su tema de conversación favorito, es decir, por Mailer, el personaje que lo obsesiona. “Estoy muy orgulloso del libro que voy a publicar este otoño”, dice, aludiendo a La canción del verdugo, que Little Brown anuncia para el próximo septiembre. “Es la mejor novela de la vida real que se haya escrito. Mejor que todas esas mierdas que cagan Truman Capote, Gore Vidal o como se llamen. Es una obra maestra y no habrá otra igual en los próximos diez años, a menos que yo la escriba”.
En la esquina de la Quinta Avenida está a punto de atropellarme uno de los taxis amarillos y negros que son, junto con las limusinas de cinco ambientes, otro de los emblemas de la ciudad. Me ha distraído la imponente silueta del edificio Fuller, una enorme columna triangular que fue el primer rascacielos de Manhattan y que ahora está hundido entre edificios más altos pero menos airosos. La esquina parece una anticipación de Times Square, ocho a diez cuadras Broadway arriba.
“¡Eh, idiota!”, le grita Mailer al taxista, mostrándole su enorme puño derecho. “¿Quieres matar a este explorador argentino? Si lo haces, todos los negros luteranos te irán a cantar sus salmos en el infierno. Eres un asesino y ni siquiera sabes usar esta chatarra de latón amarillo. Ve a comer tu hamburguesa y a cagar en otra ciudad”. Observa cómo reacciono, pero no reacciono porque sigo pendiente del edificio Fuller.
En el fondo, sin embargo, estoy orgulloso de que Mailer en persona me defienda. Me sorprende que nadie lo reconozca. Así, redondo y tumultuoso como es, no habría pasado inadvertido en ningún otro lugar del mundo. Pero en Manhattan es poco más que nadie.
Cometo la torpeza de preguntarle por esa indiferencia de la ciudad con el más estridente de sus escritores, y espero que me caiga encima un alud de improperios. El alud tarda, pero llega. “Fíjese en la manada de idiotas que camina por aquí, con la mente en blanco. Hace algunos años traté de darle algún sentido a sus vidas y me postulé como alcalde. Quería que los Estados Unidos dejaran de chuparle la sangre a esta ciudad bendita y escribí un plan para que los cinco distritos de Nueva York se independizaran y formaran un estado nuevo, el número 51”.
“Propuse que nos olvidáramos de los estúpidos granjeros de Ohio, de las madres de tetas grandes que van a la iglesia en Utah y de todos los calientasillas que cumplen horario de oficina en este país, llenan los cementerios y no sirven ni como abono de la tierra. Les hice ver a estos zánganos que estábamos a tiempo de convertir a Nueva York en la estrella más brillante del cielo americano. ¿Y sabe qué? Me rechazaron. Un par de burócratas recibió más votos que yo. Hasta el tesorero de la ciudad, un tal Mario Procaccino, salió mejor parado”.
Advierto que se está quedando sin aliento y le propongo que vayamos a un café. “Mire a su alrededor –me desafía–. No hay un lugar decente donde sentarse por aquí. Y si le dan ganas de mear, no hay baños. En Manhattan hay menos baños públicos por metro cuadrado que en el palacio de Versalles.
Hace unos cuantos meses me paré a mear en la calle y un policía pie plano me quiso cortar el chorro. Cuando se dio cuenta de que lo iba a mojar también a él, me dejó en paz”.
Aprovecho su ataque de megalomanía para preguntarle por La canción del verdugo. Le pregunto si espera que los críticos, con los cuales se lleva tan mal, se rindan ante la calidad del libro. “Del New York Times no espero nada”, dice con desprecio. “Todavía tienen como crítica a esa asiática culo chato que odia a los autores machos caucásicos. Es una kamikaze, Michiko Kakutani. Ya me he quejado de ella y voy a volver a quejarme si hace falta. Pero los editores no la pueden echar porque les cubre la cuota de minorías que les exige la ley”. Mailer vuelve a mostrarse como lo que siempre ha sido: un racista y un machista incorregible, que no se reprime ante nadie.
Me pregunta en cuál estación voy a tomar el tren a Nueva Jersey. Estamos a un par de cuadras de Penn Station y me parece que está despidiéndome. “No voy a Jersey sino a New Rochelle”, improviso. “Salgo de Grand Central”. Para llegar a Grand Central debemos bajar hasta la calle 42 y doblar hacia la derecha, rumbo a la calle Lexington. El trayecto puede llevarnos de quince a veinte minutos.
“Adoro la estación Grand Central”, me dice. “Tiene un señorío nada presuntuoso, y esa maravillosa escalera de mármol que parece el centro del mundo. ¿Se ha fijado en las pinturas del techo?”.
“No”, le respondo. “No me he fijado”. “Las hizo un tal Paul Helleu”. Me digo que quizá sea el mismo autor de un célebre retrato de Victoria Ocampo en el esplendor de su belleza. “Pintó el cielo al revés”, sigue Mailer.
“Después, alguno de los alcaldes retrasados que tuvimos en esta ciudad dijo que Helleu había pintado las estrellas tal como las veían los habitantes de Nueva York. Es decir, como Dios, desde arriba. Lo peor es que repitieron esa estupidez en la radio, y no faltó quien la escribiera en las guías para turistas”.
Le pregunto si es verdad también que, cuando uno habla en susurros bajo los arcos de cerámica que están al lado del Oyster Bar, en el primer piso de la estación, las voces, por bajas que sean, se oyen con nitidez en los rincones del lado opuesto. Mailer me mira de arriba abajo como si yo estuviera tomándole el pelo. “Eso lo aprenden los chicos de Nueva York en la escuela elemental”, dice, desdeñoso.
Al advertir que no estoy a su altura como adversario y que en cualquier momento tendré que bajar los brazos, me remata con un derechazo de campeón bien informado. Estamos a un par de cuadras del edificio Chrysler y él quiere saber si he tratado de subir a la torre. “Claro que sí”, respondo. “Lo intenté varias veces, pero no me dejaron. Los ascensoristas me dijeron que estaba prohibido”.
Cada vez que recordaba esos fracasos me dolía el alma. La silueta armoniosa del Chrysler, tan asociada al apogeo del jazz, era lo primero que se veía desde la autopista de Nueva Jersey al llegar a Manhattan, cerca ya de los túneles bajo el río Hudson. Me acordaba de sus gárgolas y de los triángulos de sus ventanas más que de la solitaria torre del Empire State. Sobre todo de noche, la vista del Chrysler era emocionante.
“Una de las razones por la que quise ser alcalde de esta ciudad fue para que me dejaran subir a lo alto del Chrysler. Que yo sepa, nadie puede. ¿Sabe qué hay allí arriba?”.
“No lo sé. Viento y vértigo”, estoy a punto de contestar.
“La luz de la ciudad”, digo, en cambio.
“No solo eso”, informa. “Hay un baño”.
La noticia me toma de sorpresa. Un baño allí, en las alturas, es lo último que hubiera imaginado. A Mailer lo divierte mostrar que conoce hasta los secretos mejor guardados de Manhattan. “El arquitecto del edificio se llamaba William van Alen”, dice, demorándose en cada sílaba.
“No sé si fue él o Walter P. Chrysler, el extravagante presidente de la empresa, quien tuvo la idea de que arriba, a 320 metros sobre la ciudad, en el cuarto minúsculo que está bajo la antena del pararrayos, hubiera un retrete. Debió de ser Chrysler, porque solo un megalómano como él querría mear y cagar con la ciudad a sus pies. La sensación de poder debía de ser insuperable. No olvide que cuando el edificio Chrysler se terminó, en 1930, era el más alto del mundo”.
De un momento para otro lo pierdo de vista. Una multitud sale de los andenes de Grand Central y se derrama sobre la ciudad, llevándose consigo al escritor. Como en un juego de espejos, Manhattan y Mailer se reflejan el uno en el otro, se penetran y se alimentan mutuamente. La ciudad-isla y el hombre-delta viven para fundirse, para entenderse y desentenderse, como sucede con los enamorados verdaderos.
Quién es Tomás Eloy Martínez
Nació en San Miguel de Tucumán en 1935 y falleció 31 de enero de 2010. Fue periodista y narrador. Entre 1962 y 1969 fue jefe de redacción de la mítica revista Primera Plana. Su obra incluye Sagrado (1969), La pasión según Trelew (1974), Lugar común la muerte (1979), La novela de Perón (1985), La mano del amo (1991) y Santa Evita (1995). En 2002, su novela El vuelo de la reina recibió el Premio Alfaguara. Desde 1991 fue profesor distinguido y escritor residente en Rutgers, The State University of New Jersey. En 2005 fue finalista del Man Internacional Booker Prize por el conjunto de su obra. Fue columnista permanente de distintos medios gráficos en Argentina, España y Estados Unidos. Su última novela es Purgatorio (2008).
“¿Usted no vendrá a hablarme de literatura, eh?” –dice–. “Tenemos aquí más literatura de la que necesitamos”. Señala con un ademán la inconfundible línea de rascacielos de Manhattan.
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