Dallyana Passailaigue
La deportista, modelo y actriz Dallyana Passailaigue recuerda con especial nostalgia el viaje que realizó en febrero del 2008. “Fue un reencuentro con unos amigos de Argentina, Chile y Francia que conocí en Ecuador y con quienes establecí una linda amistad a finales del 2007.
Ellos tenían programado viajar el año entrante y nos pareció fantástica la idea de toparnos todos en un lugar neutral, y yo simplemente me sumé al trip”, indica la guayaquileña con entusiasmo, ya que “la isla que escogieron es uno de los lugares más exóticos, paradisiacos y lujosos del mundo, donde reina la paz, deslumbra el paisaje y embriagan las comidas. Su nombre es San Bartolomé, mejor conocida como St. Barths, una isla perteneciente a Francia, ubicada en el mar Caribe. Agradezco a Dios de haber tenido la oportunidad y las posibilidades en ese momento de mi vida para realizar esa maravillosa aventura”.
De San Bartolomé asegura que la sorprendió especialmente la paz que se sentía, la magnificencia del escenario, el estilo de turismo… “No se visitan lugares tan mágicos con frecuencia en la vida –salvo por las islas Galápagos–, pero aun así este tiene un toque europeo en infraestructura, atención y gastronomía que lo hace especialmente exquisito”, señala Dallyana, quien destaca la sofisticación que observó desde Gustavia, la población principal de la isla, hasta en las playas que visitó, de los 21 balnearios salpicados en la costa que encierran los 21 km² de su territorio. Ese reducido territorio fomenta su exclusividad, ya que solo hay 25 hoteles, la mayoría con menos de 15 habitaciones.
Relajadas mañanas y tardes de playa, recorridos en yates sobre un mar turquesa, animadas jornadas nocturnas de baile y música, y charlas interminables con sus amigos en sobremesas tras disfrutar de una deliciosa variedad de gastronomía basada en mariscos fueron algunos de los componentes de un viaje en el que destaca el paseo acuático en el Submarino Amarillo, dentro del Parque Marino. Una atracción que, aunque no se sumerge, permite admirar la abundante riqueza bajo una superficie también pletórica de maravillas por descubrir.


