El profesor que recordamos


pizarra151109Ser bonachón, exigente, divertido, aburrido o creativo son algunas cualidades del maestro o maestra ideal. Aquí mostramos diez facetas creadas por quienes un día fueron sus alumnos.

Disciplinado
Diana Sierra Rabascal, de 50 años, estudió hace 33 en el Liceo Panamericano. Ella recuerda a su profesora de geografía, una señorita de unos 40 años, porque caminaba siempre derecha. Enseñaba perfectamente las hoyas del Ecuador y siempre nos decía: “Antes de irse a la ‘Yoni’ deben amar su país”. Y si veía a alguna estudiante con una mal postura, se le acercaba, le daba una palmadita en la espalda y le decía: A ver, a ver, erguidita, erguidita”, y la obligaba a ponerse derecha.

Estricto
Para Paola Fiallos Vargas, de 30 años, ex alumna del colegio Veintiocho de Mayo, en la especialización secretariado bilingüe (1996-1997), su profesor del recuerdo es el de inglés, por ser muy estricto. Era bajo, blanco y de pelo lacio. “Nos mandaba a estudiar unas lecciones superlargas y a todas nos la tomaba al día siguiente. Además, nos hacía repetir la pronunciación muchas veces. El resultado
fue que todas aprendimos
a hablar inglés”.

Sincero
Isabela Ponce, de 21 años, recuerda mucho a su profesora de Educación Sexual del Centro Educativo La Moderna. “Era de mediana estatura, usaba lentes, su pelo era lacio rojizo con copete y su voz, fuerte. La forma de enseñar era directa. Le encantaba mezclar la teoría con sus experiencias y lograba que la clase fuera entretenida, interesante y útil para todas.

Juguetón
Omar Avilés, de 41 años, recuerda a su profesora de la escuela porque enseñaba que jugando se aprende; a su profesor del Mariscal Sucre, un hombre de barba, lentes y de mediana estatura. Daba sus clases con humor y con recursos innovadores, y en la Academia Naval Guayaquil, a su maestro de literatura, porque recitaba poemas y las biografías las novelaba.

Dulce
Yolanda Tamayo, de 40 años y economista, no olvida desde que tenía 5 años a su maestra de la escuela Ciudad de Cuenca, situada en pleno centro del Quito colonial. Blanca, alta, pálida, de pelo rubio y rizos a la altura de los hombros. Se pintaba los labios color carmín. Le enseñó a leer; justo antes de iniciar una lectura de cuentos le daba caramelos –de chocolate o de mandarina– y al finalizarla hacía dibujitos en la pizarra. Y cuando intentaba escaparse de clases, la regresaba al aula con una funda de cachitos o caramelos.

Justo
La doctora Blanca Almeida Jurado recuerda a su profesor de castellano de la escuela Santa Mariana de Jesús, porque era justo. De cabello rizado, tez morena y estatura mediana. Cuando las compañeras más vagas se le acercaban a darle algún regalito, él nunca los aceptaba y cuando había una discusión entre compañeras, siempre le daba la razón a quien realmente la tenía.

Orientador
Xavier Arias, de 37 años, aún rememora los consejos de su profesor de matemáticas del cuarto curso del colegio San José La Salle, de mediana estatura y aspecto formal, quien los viernes daba a sus alumnos lecciones de vida. “Nos motivaba a ser honorables, sinceros y honestos, para evitar toda expresión de falsedad. También que la decisión más importante que tomaríamos sería cuando nos casáramos, ya que elegir a la mujer ideal es muy complejo”.

Culto
Jorge Estrella Freré, de 32 años, recuerda a su profesor de literatura del Liceo Naval (1993). Era bajo, delgado y calvo. Siempre decía que teníamos que mantener el carácter autodidacto a través de los libros, porque lo que se aprendía en la clase no era suficiente. Además, que la cultura general es el camino hacia los valores, la ciencia y el conocimiento.

Creativo
En el colegio Hispanoamericano hacía 29 años las alumnas del cuarto curso tenían un profesor de sociología que enseñaba con mucha creatividad. Brenda Mosquera, de 47, recuerda que nadie tenía necesidad de estudiar la materia porque al ser relatada como un cuento era suficiente. Un día llegó a dar clase, sin darse cuenta, con el pantalón roto en la parte de atrás, mostrando el interior. Después del hecho no lo volvieron a ver.

Estimulador

Laura Zambrano de Arteta, de 65 años, recuerda a su maestra de segundo grado de la escuela Santa Rosa de Lima, en el cantón Cañar. Era una monja de la orden de las dominicanas, blanca y alta. A las niñas que sacaban buenas notas las estimulaba dándoles medallas para que fueran mejores. Pero cuando se enojaba por alguna malcriadez, les pegaba en las manos con una regla. (S.M.de.C)

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