La Tasca del Norte: Miguel H. Alcívar, edificio Torres del Norte, local 1. Telf.: 268-8439.
“Como suele ser tradición en las tascas, el menú está escrito con tiza en pizarrones y vemos con agrado que hay de todo como en feria...”.
Estaciono mi vehículo, abro la puerta, me bajo a la vereda: de inmediato me llegan lo efluvios de la cocina, mezcla sutil de carne asada, mariscos a la brasa. Es muy agradable la sensación. Se dilatan las alas de la nariz, la boca se hace agua.
Debajo de mi brazo llevo un Folly de Montes, cosecha del 2003. Epicuro paga puntualmente sus cuentas pero a veces pide permiso para descorchar una botella muy especial de su bodega personal. Destapamos el vino, púrpura con reflejos de violeta, aromas de ciruela, frambuesa, vainilla sin excesivo recuerdo de madera, excelente fuerza, largo final. Nunca oculté mi afición a la gama de Montes.
Miguel Ángel del Toro viene trotando hacia nuestra mesa, más pipón que nunca, lo que le otorga cierta nobleza pues no me gustan mucho los chefs anoréxicos; aconseja como entrada los canapés que me fascinan: hígados de pato (Chivería, por supuesto) saltados muy corto tiempo, sazonados con sal gruesa en granos. Siguen siendo los más estupendos bocados ($ 3,75 c/u).
Como suele ser tradición en las tascas, el menú está escrito con tiza en pizarrones y vemos con agrado que hay de todo como en feria: tortilla española, chipirones (calamares), pulpo en varias salsas, camarones, mariscos de todo tipo, carne, pescado, lo que a ustedes les provoque, rabo de buey en salsa de vino tinto.
Miguel Ángel tiene clientela propia, conoce los gustos de cada quien. Personalmente nunca consulto el menú prefiriendo dejarme guiar por él. Atrae unas chuletas de cordero crudas para que podamos apreciar la materia prima, pero optamos por un lomo asado, no muy grande pero espeso ($ 11,75).
La salsa bearnesa no es mala, pero su textura no llega a ser la adecuada (es una salsa caliente pero debe tener la consistencia de una mayonesa, un color tirando a amarillo, pues entre sus ingredientes están básicamente las yemas y la mantequilla), falta más estragón y sabemos que si no se consigue en Guayaquil la hierba fresca, la que venden seca no tiene la misma intensidad aromática, se requiere usar una buena cantidad para lograr el toque adecuado.
La cocina española juega mucho con aceite de oliva, tomate, perejil, pimentón y otras especias. Muchos optan por la paella, plato ideal para la confraternidad pues no tiene sentido pedir una porción individual. Dense un momento de placer para las croquetas, la butifarra, los chorizos, la morcilla, los callos.
La carta de vino es adecuada, ofrece buenas opciones. El personal es amable y eficiente. Creo de un modo absoluto que los restaurantes que tienen una imagen, un personaje que los representa, son los verdaderos lugares de buen comer. No hace falta citar a todos. Eso lo sabemos desde los antiguos tiempos de la Trattoría de Enrico Cardelli. Un restaurante muchas veces depende de un nombre. Inspira confianza.
Solo a un loco entrañable como Miguel Ángel se le ocurre ofrecer como postre, después del infaltable queso manchego, unos gajos de naranja con aceite de oliva: resultado insólito, agradable, postre muy ligero. Pero si quieren la clásica crema catalana, allá ustedes.
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