Gael García en Amores perros, gran cine latinoamericano del mexicano Guillermo González Iñárritu.
La humanidad sale más gananciosa consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera de los demás”. Lo decía el filósofo inglés John Stuart Mill hace más de un siglo y esto se aplica perfectamente a los trabajos de muchos de los directores cuyo rasgo común es la independencia autoral en sus creaciones. La firma es clarísima y el toque personal solo resalta una libertad de expresión esencial en las manifestaciones artísticas.
Hay quince nombres que deseo registrar en el orden cronológico en que pude ver las películas a partir del 2000, año en que también inicié esta columna en EL UNIVERSO. Se acentúan los títulos que no se han estrenado comercialmente en este país y que he podido ver en viajes o en copias de DVD.
Amores perros (2000) explotó –literalmente– a inicios del milenio con la transgresora visión del director mexicano Guillermo González Iñárritu, un laureado impacto mundial que revitalizó el cine latinoamericano. De la misma manera ese fue el año de In the mood for love, la consagración del director taiwanés Wong Kar-Wai. De Francia, la deliciosa Amélie (2001) cautivó a media humanidad por la inyección de alegría de vivir lograda por su director, Jean-Pierre Jeunet.
En el 2002 tuvimos el estreno de La profesora de piano, escabrosa meditación sobre una existencia solitaria y patológica en Viena, a cargo del austriaco-alemán Michael Haneke. Ese fue también el año en que la directora Lucrecia Martel llegó con La ciénaga, terrible visión sobre el estancamiento de una sociedad provinciana. Aquí el cine argentino adquiría un notable relieve internacional.
Seguimos tres años después con Reconstrucción (2005), vanguardista narrativa romántica del realizador danés Cristoffer Boe. El director ruso Alexander Sokurov logró lo imposible en su antológica Arca rusa: contar la historia de Rusia en una sola toma de 95 minutos, en medio de los esplendores recreados en el museo Hermitage de San Petersburgo. Si hablamos de excesos geniales, hay que recordar Kung-fusión, del actor-director chino Stephen Chow, hilarante sátira digitalizada de las películas de gánsteres a-la-kung-fu.
Para revitalizar la historia hacen falta ojos jóvenes, especialmente como los de Sofia Coppola y su cautivante María Antonieta (2007), o la exquisita mirada del realizador taiwanés Hou Hsiao-Hsien donde la misma pareja de actores recrea relaciones imposibles en Tres épocas (2007). Ningún thriller político ha tenido la fuerza de Il Divo (2008), sobrecogedora biografía del estadista Luigi Andreotti creada por la gran esperanza del nuevo cine italiano: Paolo Sorrentino. Vimos también una obra sin igual del cine independiente norteamericano: I’m not there (2008) de Todd Haynes, trayéndonos las increíbles facetas de la personalidad artística de Bob Dylan.
Estas tres últimas delinean nuevos horizontes: Luz silenciosa (2008) del mexicano Carlos Reygadas, que devuelve a las imágenes cinematográficas la misma fuerza del cine mudo, Al otro lado (2008) de Fatih Akin, la gran película de las odiseas de emigrantes y Ustedes, los vivientes (2009) del sueco Roy Andersson, una muestra canóniga de los esquemas a seguir en el cine contemporáneo.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Compartir
Enviar email
Comentarios (0)

Escribir comentario





