Hay muchas razones que están llevando a que cada día se acaben más matrimonios. Y una de las que se alude con más frecuencia es la necesidad de los cónyuges de “encontrarse a sí mismos”. Esta crisis de identidad es, en parte, el resultado de una vida light... frívola, sin rumbo y sin sentido... que se alimenta de sensaciones triviales, que se guía por valores consumistas y que se rige por una moral “neutral”. Como lo importante es “gozar la vida”, se le huye a lo que exija lucha y esfuerzo, como el compromiso marital, aduciendo que la insatisfacción consigo mismo se debe a la tediosa cotidianidad de la relación conyugal.
Sin embargo, “sí mismo” no es un ente que se encuentra fuera de casa, y por eso desertar la familia no soluciona el problema. No hay nada más importante que la complicidad y el afecto incondicional de nuestros semejantes, que nos proporcionan mejor que nadie nuestros seres más queridos, por lo que las relaciones con ellos son las que más impactan nuestra vida. Así, un camino certero para salir de una existencia sin sentido es profundizar y enriquecer los vínculos afectivos con nuestro cónyuge.
Es fácil sentirnos perdidos cuando se nos pierde el alma… como puede ocurrir cuando la felicidad se define como diversión, el amor como sexo y la libertad como libertinaje.
Para encontrarle sentido a la vida se necesita tener la valentía para revisarnos y buscarlo dentro de nosotros… en nuestra dimensión espiritual. Si cultivamos las virtudes que surgen del alma, tendremos el valor para reactivar el amor y vencer los sinsabores de la relación marital. Si no tenemos un compromiso profundo con la construcción de una vida que nos ayude a ser mejores personas y darle a nuestros hijos un hogar en el que puedan encontrarle un sentido más trascendente a la propia, viviremos infelices.
Vivimos en una búsqueda constante del sentido de nuestra existencia. Lo terrible no es tener que esforzarnos para encontrarlo, sino llegar al final de la vida sin haberla comprendido ni trascendido.
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Exitos y prosperidad en este nuevo año 2010.
Sobre todo felicitaciones, por todos sus acertados artículos, son tan ciertos y reales, es lo primero que siempre busco en La Revista.
Me ayudan a reforzar las sabias enseñanzas que mi madre me ha dado siempre.
Gracias y siga escribiendo que siempre la leemos.